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El Dinero y cómo se maneja, en realidad

El Dinero y cómo se maneja, en realidad



 En el muy revelador artículo que sigue, se desvelan  misterios casi esotéricos respecto de algo tan  cotidiano como el Dinero. Y desde luego desconocidos para el común de los mortales que usan su tarjeta de crédito, y guardan el dinero en cualquier Banco.
Es curioso, yo siempre he pensado que es mejor guardarlo debajo del colchón, y después de que uno se entera de ciertas cosas,todavía más. El desconocimiento del funcionamiento del sistema bancario es uno de los logros más exitosos por parte de  quienes se encargan de gestionar esa curiosa cosa que puede valer para todo, ó no valer para nada, dependiendo de razones que escapan a los inocentes mortales que lo usan, es decir, casi toda la Humanidad. Y añado, felices y dichosos los que son capaces-que los hay- de vivir su vida sin este invento del maligno.

Kolnikov #Logomaquia



Cómo la Reserva Federal de USA y los bancos manejan el mundo

Stephen Lendman
The Rebel




Hace años leí el excelente libro de William Greider, publicado en 1987, sobre el funcionamiento del Sistema de la Reserva Federal de USA. Detallado y explícito, es una lectura maravillosa e informativa, con la excepción de la solución que sugiere para un inmenso problema.

Fue, por lejos, demasiado tímido. Este artículo propone una solución muy diferente. Greider llamó su libro “Secrets of the Temple” [Secretos del Templo] con un subtítulo: “Cómo la Reserva Federal maneja el país.” Un subtítulo mejor podría haber sido como la Fed (y muchas otras bancas centrales esenciales) manejan el mundo. Este artículo trata de resumir lo que hace, cómo lo hace, a quien beneficia y a costa de quienes. Para los que no están al tanto, prepárense para informaciones y comentarios sorprendentes.



Aclaremos algo desde el inicio:

La Reserva Federal de USA, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón y el Banco Central Europeo (de los 12 países europeos que adoptaron la moneda común europea en 1999) son instituciones con un poder enorme, mucho más allá de lo que puede imaginar la gente en algún sitio del mundo. Estos bancos centrales, los más dominantes de todos, así como la mayoría de los demás, tienen una poderosa influencia en las condiciones financieras en casi todos los países, incluyendo, desde luego, los suyos, en un mundo financiero con cada vez menos fronteras, en el que un evento económico importante en una nación puede afectar, para bien o para mal, a la mayoría.
Otro poderoso banco forma también parte del mundo financiero actual. Hay que mencionarlo por su importancia, aunque requiere un artículo separado para explicar de modo más completo cómo trabaja.
Es el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), hermético, inviolable y sin responsabilidad ante nadie, fundado en 1930 y basado en Basilea, Suiza.
Este banco, del que la mayor parte de la gente jamás ha oído hablar, es el banco central para sus bancos centrales miembros – una especie de “mandamás de mandamases” bancario, equivalente a lo que al parecer existe en el mundo enigmático de los Dones de la Mafia.
Como la mayoría de las demás bancos centrales, incluyendo a la Reserva Federal (explicado más adelante), es de propiedad privada de sus miembros.

Algunos académicos y otros que han estudiado el BIS creen que la elite dominante del capitalismo financiero estableció este banco de bancos para que esté en la cima del poder a fin de que ejerza su autoridad sobre un sistema financiero mundial poseído y controlado por ella. Se piensa que su plan era utilizar este banco para dominar el sistema político de todos los países y controlar la economía del mundo de un modo feudal.
En una palabra, la idea es que esa súper-elite quiere regir el mundo controlando su dinero, y que estableció ese todopoderoso banco de bancos supranacional para que así lo hiciera. Por importante que sea, esa discusión quedará para otra ocasión, ya que la intención de este artículo es concentrarse sólo en la Reserva Federal de USA.

Los bancos centrales dominantes y el BIS, junto con la mayoría de los otros, ejercen su influencia en una alianza mutua de tipo cartel para asegurar que todos se beneficien más de lo que harían sino fuera por ese confortable arreglo. Con su inmenso poder no es jugar con palabras si uno dice que esas instituciones financieras ciertamente gobiernan el mundo. Porque pueden crear dinero, financian las necesidades de sus gobiernos, sus fuerzas armadas y todas las actividades empresariales, que no podrían funcionar sin un suministro expeditivo de esa mercancía, la más necesaria de todas. Es el dinero, no el amor, lo que hace que el mundo se mueva, y los banqueros centrales tienen el poder de crear o sacar de la circulación mucho o poco, según gusten y con la intención que se les ocurra. Es el tipo de poder que puede mover o destruir montañas.

Ningún banco central nacional es más poderoso en la actualidad que la Reserva Federal de USA, pero no fue siempre así, y ahora enfrenta competencia por el primer lugar, lo que no había conocido desde la Segunda Guerra Mundial. La Fed, como lo llaman, ha existido desde que fue establecido originalmente por una ley del Congreso en 1913. Pero el Banco de Inglaterra ha existido desde que Bretaña controlaba los mares, desde 1694, cuando el Rey William III necesitó ayuda para financiar el tipo de aventura que requiere mucho dinero disponible – la guerra. En aquel entonces fue contra Francia, y el rey necesitaba un banco amigo que lo imprimiera para su uso, para ayudarle a combatir. También necesitaba ayuda financiera para facilitar el comercio y administrar la deuda del país que siempre aumenta cuando se libran guerras.
El Banco de Inglaterra no fue el primer banco central, pero fue el primer banco central de propiedad privada del mundo moderno en un país poderoso. Se llamó el Banco de Inglaterra para impedir que el público supiera que, igual que nuestra Reserva Federal, era y sigue siendo de propiedad privada y no parte del gobierno. También fue el modelo utilizado en la formación de nuestro propio banco central y de la mayoría de los otros.
Los británicos podrán haber tenido una ventaja de 219 años sobre la Fed, pero los banqueros centrales sólo son tan poderosos como los países que representan y sus economías. En la actualidad los otrora dominantes británicos tienen que aceptar el papel menor de ser sólo uno de muchos socios inferiores de un hegemón USA que emergió después de la Segunda Guerra Mundial como el poder económico dominante del mundo. Siguen siéndolo hoy en día, aunque algunos expertos fiables creen que este país puede haber llegado a la cumbre y se halla en decadencia. Algunos van más lejos y afirman que nuestra decadencia ha sido acelerada por la desastrosa política del gobierno Bush que cree irracionalmente que librar la guerra sin fin contra el mundo es la manera de gobernarlo, de impulsar un crecimiento económico y una dominación sin fin, y de preservar así la posición preeminente de la nación como el campeón económico reinante.
Es fácil cuestionar este punto de vista y pensar que el campeón se ha subido al cuadrilátero algunas veces de más, tiene planes interminables de volver a repetir sus combates, y que probablemente le pasará lo mismo que a muchos personajes anteriores que no supieron cuándo abandonar y terminaron con un daño cerebral crónico, conocido como demencia. La lección de la historia es siempre la misma. El precio a pagar por una conducta imprudente es elevado, doloroso e inevitable. Vale para los países así como para los individuos, pero demasiado a menudo ni los unos ni los otros lo ven hasta que es demasiado tarde. La mayor diferencia entre USA de hoy y otras naciones del pasado que pagaron caro por no ceder cuando ya era demasiado tarde es que tenemos un arsenal todopoderoso, como los demás nunca tuvieron. Si decidiéramos utilizarlo, probablemente no quedaría gran cosa para un sucesor. No es un pensamiento agradable, pero es muy real.

Todo comenzó en 1910 en la isla Jekyll

Suena como el título de una película de horror, pero los eventos de la vida real que ocurrieron en 1910 en esta isla de propiedad privada a poca distancia de la costa de Georgia habría sido un reto hasta para la imaginación de la fábrica de pesadillas de Hollywood.

En la isla Jekyll se reunieron en secreto durante nueve días siete hombres muy acaudalados y poderosos y crearon el Sistema de la Reserva Federal que nació tres años más tarde, el 23 de diciembre de 1913 mediante una ley del Congreso. Desde entonces, la nación y el mundo nunca volvieron a ser lo mismo, sólo se beneficiaron los ricos y poderosos. De eso se trataba, y funcionó tal como lo planificaron.
La Ley de la Reserva Federal que le dio origen es seguramente una de las obras legislativas más desastrosas para el bien público que jamás haya sido producida por un organismo legislador. También puede haber sido y sigue siendo ilegal según el Artículo 1, Sección 8, de la Constitución que casualmente es la ley inviolable del país. El artículo indica que el Congreso tendrá el poder de acuñar (crear) dinero y de regular su valor. En 1935, la Corte Suprema de USA determinó que el Congreso no puede delegar constitucionalmente su poder a otro grupo u organismo. El Congreso actuó, por lo tanto, en violación de la misma Constitución que juró preservar y al hacerlo creó el Sistema de Reserva Federal que, como explicaremos más adelante, es una corporación privada con fines de beneficio que opera a costa del bien público. Mediante su acción, nuestros legisladores cometieron fraude contra el pueblo del país y hasta ahora se han salido con la suya sin que el público ni siquiera conozca el daño que se ha infligido.

El vergonzoso resultado es que lo que jamás debería haber llegado a ver la luz es ahora la institución más dominante del mundo, y todo debido a lo que comenzó en una isla de propiedad privada de nombre espeluznante. Pero, si el Congreso hubiese actuado responsablemente, la ley de creación de la Fed jamás habría sido promulgada. La legislación que la estableció fue tan dañina para el interés público, que probablemente jamás habría sido aprobada si no hubiera sido encauzada mediante una reunión del Comité Parlamentario de Conferencia organizada en plena noche entre las 1.30 y las 4.30 AM (mientras dormía la mayoría de los miembros del Congreso) el 22 de diciembre de 1913. La Ley fue votada al día siguiente y aprobada a pesar de que muchos miembros del organismo habían partido para sus vacaciones de Navidad y la mayoría de los que se quedaron no habían tenido el tiempo necesario para leerla o conocer su contenido. ¿Suena familiar? Pero la aprobaron (como un ladrón en la noche) y fue convertida en ley por un Woodrow Wilson inconsciente o cómplice, que admitió posteriormente que había cometido un terrible error, diciendo “Arruiné inconscientemente a mi país.” Pero era demasiado tarde para autopsias, y el pueblo usamericano lo ha pagado caro desde entonces. Es hora de que el público lo comprenda y comience a exigir que se termine con más de 90 años de daño.

Eso casi ocurrió hace 43 años cuando un presidente decidió actuar a favor de la gente que lo eligió. Ese hombre fue John Kennedy, quien planificó antes de su muerte el fin del Sistema de Reserva Federal para eliminar la deuda nacional que un banco central crea al imprimir dinero y prestárselo al gobierno. Esa deuda ha aumentado ahora a más de 8.400.000.000.000 dólares que tienen que ser pagados por todos los contribuyentes, quienes lo han hecho por una suma que asciende a casi 174.000.000.000 de dólares sólo en los tres primeros meses de 2006.
Este servicio de la deuda es ahora un monto anualizado que excede dos tercios de un billón de dólares. Ha enriquecido a los banqueros (de eso se trataba) y ha empobrecido al público, porque nos cobran impuestos para pagar la cuenta. No es exagerado decir que se trata del mayor fraude financiero en la historia del mundo que aumenta con cada día que pasa.


La deuda era menos onerosa hace 40 años, pero Kennedy comprendió el peligro que representaba para el país y la carga que imponía al público. Por lo tanto, el 4 de junio de 1963, dictó la orden presidencial EO 11110 dando autoridad al presidente para emitir moneda. Luego ordenó al Tesoro de USA que imprimiera 4.000 millones de dólares en “Billetes de USA” para reemplazar los de la Reserva Federal. Su intención era de reemplazarlos todos cuando hubiera suficiente cantidad de la nueva moneda en circulación para poder terminar con el Sistema de la Reserva Federal y el control que daba a los banqueros internacionales sobre el gobierno de USA y el público.
Sólo meses después de la entrada en vigencia del plan Kennedy, fue asesinado en Dallas en lo que seguramente fue un golpe de estado disfrazado para que pareciera otra cosa y que puede haber sido realizado, por lo menos en parte, para salvar el Sistema de la Fed y la concentración de poder que creó, tan beneficioso para los poderosos banqueros del país. Los que se beneficiaban tenían buenos motivos para involucrarse en la conspiración para proteger el privilegio especial al que no estaban dispuestos a renunciar sin lucha. Es una explicación plausible que podría explicar quién puede haber estado tras el asesinato y por qué motivo.

Sea cual sea la verdad, el cartel bancario sólo se vio afligido por poco tiempo. Una vez que Lyndon Johnson se hizo cargo, rescindió la orden presidencial de Kennedy y restauró el antiguo poder del cartel. Lo ha mantenido desde entonces y ahora, por cierto, es más poderoso que nunca. Ni siquiera los presidentes son capaces de detenerlo y los que quisieran tratar de hacerlo, tienen una lección que les da la historia para que reflexionen.

Los predecesores de los posibles complotadores del golpe contra Kennedy fueron los hombres que se reunieron en la isla Jekyll en 1910. Representaban a algunos de los hombres más poderosos del mundo – los Morgan, Rockefeller, Rothschild de Europa (que dominaron toda la banca europea a mediados del Siglo XIX y que todavía podrían ser la familia más rica y poderosa de todas) y otros de gran influencia y poder. Estaba también un senador de USA, un alto funcionario del Tesoro, el presidente del mayor banco del país en la época, un destacado personaje de Wall Street y el hombre que más tarde llegaría a ser el primer presidente del Sistema de la Reserva Federal. Fue una colección extraordinaria y fueron para lograr una sola cosa. Querían cambiar la ideología y el curso de los negocios usamericanos, que hasta entonces se basaban en la competencia en el mercado y reemplazarlos por el monopolio.

También sabían lo que quiso decir el barón M.A. Rothschild cuando dijo: “Denme el control sobre la moneda de una nación y no me importa quién haga sus leyes.” Conocían también la sabiduría de lo que dice en Proverbios 22:7: ““El rico se enseñorea de los pobres; y el que toma prestado es siervo del que presta”.

Fue el alba de la era de los carteles poderosos, cuando los siete titanes financieros reunidos en secreto en la casa del club de la isla

decidieron no seguir compitiendo entre ellos y exigieron el poder para arreglarlo. Ya estaban informalmente coludidos, pero sabían que todo funcionaría mejor si se realizaba bajo un cartel avalado legalmente. Querían un cartel bancario y obtuvieron uno que hoy florece por debajo del radar público con el instrumento que más deseaban – la capacidad de controlar el suministro de dinero de la nación, que les dio un poder casi ilimitado. El cartel trabaja ahora en cooperación con sus gobiernos y con todas las demás poderosas corporaciones transnacionales en una alianza global dominante que les permite controlar los mercados, los recursos, la mano de obra barata del mundo, y nuestras vidas.

El Sistema de Reserva Federal no es una agencia gubernamental – es un cartel de propiedad privada de poderosos bancos protegido por la ley.

Se cree común, pero erróneamente, que el Sistema de Reserva Federal es una función gubernamental y sometida a su control. Es falso. A menudo se habla de un banco central descentralizado, casi-gubernamental, pero es sólo una cobertura para disfrazar lo que es en realidad: un cartel de propiedad y operación privada que es presentado como si el gobierno estuviera a cargo. El hecho de que su central esté en Washington en el formidable e impresionante edificio Eccles (bautizado con el nombre de un antiguo presidente de la Fed) forma sólo parte del astuto subterfugio. Funciona como sigue:

La Fed está compuesta de un Consejo de Gobernadores en Washington y de 12 bancos regionales en las principales ciudades de todo el país (incluyendo a mi propia ciudad de Chicago donde cualquiera solía poder, pero ya no puede, ir a un cajero y comprar valores del Tesoro de USA). El sistema también incluye a numerosos y diversos bancos miembros, incluyendo a todos los bancos nacionales que tienen que formar parte del sistema. Se permite también que otros bancos se sumen y muchos lo hicieron. La Reserva Federal comenzó sus operaciones en noviembre de 1914, casi un año después de la ley parlamentaria que creó el sistema el año anterior. Recibió mandato legal para poseer el mayor poder de cualquier institución del país – el poder de crear y controlar su suministro de dinero.
La mayoría de la gente sabe poco o nada sobre el dinero y la banca, probablemente nunca piensa en el tema, y no tiene la menor idea de cómo lo que hacen la Fed y los banqueros afecta sus vidas. Antes de escribir este artículo, tenía un poco más de los modestos conocimientos que aprendí en un curso obligatorio sobre el tema y contabilidad básica como parte de mi plan de estudios para la maestría de administración empresarial, hace 46 años. Esos cursos dejaron de lado las partes más importantes de la historia y nunca dieron a entender que pudiera haber algo siniestro en el funcionamiento real del sistema bancario. Pero nadie debería imaginar que los bancos fueron establecidos para funcionar en su beneficio o que se quisiera que lo hicieran. Evidentemente no es así, y todo el que sugiriera que lo es, debería leer lo que sigue. Son tan beneficiosos para el bienestar público como lo fue el misil balístico intercontinental MX Peacekeeper (el lenguaje ingenioso es impresionante) que debía portar ojivas nucleares a mediados de los años ochenta y que tenía el poder de destruir toda vida en el planeta y que aún podría hacerlo en su forma antigua o modernizada.

La Ley de la Reserva Federal (la ley del país) estipula que los Bancos de Reserva Federal de cada región son de propiedad de sus bancos miembros. Esos bancos de la Fed son corporaciones de propiedad privada que hacen un gran esfuerzo por ocultar que ellos, en realidad, son dueños de lo que gran parte del público piensa que forma parte del tesoro y gobierno públicos. Es fácil pensarlo ya que los presidentes de la Fed y siete de los doce gobernadores son nombrados por el presidente y aprobados por el Senado. Como tal, el BRF es una especie de entidad casi-gubernamental, pero el hecho es que el Sistema es de propiedad privada con fines de beneficio privado como cualquier otra empresa. Tiene accionistas como otras corporaciones públicas, que reciben un 6% de intereses libres de riesgo cada año sobre su participación en el capital.

El público lo ignora, y probablemente no constituiría buenas relaciones públicas si lo descubriera. La gente podría molestarse aún más si supiera que algunos de los propietarios de nuestra Reserva Federal son poderosos inversionistas extranjeros en el Reino Unido, Francia, Alemana, Holanda e Italia. Son socios de gigantescos bancos de USA como JP Morgan Chase y Citibank así como de poderosas firmas de Wall Street como Goldman Sachs en un cartel banquero del nuevo orden mundial que influencia y afecta por doquier los negocios y nuestras vidas.

El problema de la propiedad privada de los bancos de la Reserva Federal ha sido cuestionado varias veces en los tribunales federales, en vano. Cada vez los tribunales confirmaron el actual sistema bajo el cual cada banco de la Reserva Federal es una corporación separada de propiedad de los bancos comerciales en su región. Un caso semejante fue el de Lewis contra USA que fue decidido por el 9º Circuito de la Corte de Apelaciones que dictaminó que los bancos de la Reserva son corporaciones independientes, de propiedad privada y controladas localmente.
L
os fundadores de la nación usamericana tenían diferentes ideas que los poderosos que se reunieron en la isla Jekyll
A través de nuestra historia, hubo desacuerdo sobre quién debía controlar el suministro de la moneda de la nación y el derecho de emitirla. Los fundadores de la nación usamericana comprendieron que el parlamento británico se vio obligado a imponer impuestos injustos a sus colonias americanas y a sus propios ciudadanos porque el Banco de Inglaterra había acumulado tanta deuda que el gobierno necesitaba ingresos para reducirla. Benjamin Franklin, de hecho, consideraba que fue la verdadera causa de la Revolución Usamericana. La mayoría de los fundadores de la nación también comprendieron el peligro que podía resultar si los banqueros acumulaban demasiada riqueza y poder. James Madison, el principal redactor de nuestra Constitución, los llamó “cambistas”, refiriéndose a la Biblia que dice que Jesús expulsó dos veces a los cambistas del Templo de Jerusalén hace 2.000 años. Madison dijo:
“La historia nos dice que los cambistas han utilizado todos los medios posibles de abuso, intriga, engaño y violencia para mantener su control sobre los gobiernos controlando el dinero y su emisión.”

Thomas Jefferson utilizó la misma energía en su condena cuando dijo:

Creo sinceramente que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que los ejércitos permanentes. Ya han creado una aristocracia del dinero que ha desafiado al gobierno. El poder de emisión debería ser arrebatado a los bancos y restaurado a aquellos a los que pertenece como corresponde.”


Jefferson y Madison comprendían los peligros de los monopolios comerciales de todo tipo y trataron de asegurar que nunca existirían en la nueva nación. Ellos, de hecho, deseaban que se agregaran dos enmiendas adicionales a la “Declaración de Derechos” en la Constitución, pero nunca lo lograron. Creían que para proteger la libertad de la gente la nación debería ser “libre de monopolios en el comercio” (lo que ahora son las corporaciones gigantes incluyendo a los grandes bancos internacionales y las firmas de inversión de Wall Street) y “libre de fuerzas armadas permanentes,” o ejércitos en pie de fuerza. Tratemos de imaginar cómo sería el país en nuestros días si Jefferson y Madison lo hubieran logrado – un país sin gigantescas corporaciones depredadoras que explotan a todos para obtener beneficios y sin fuerzas armadas desenfrenadas que hacen guerra al mundo, amenazando con destruirlo, y que lo hacen para que esos gigantes corporativos puedan obtener beneficios aún mayores.

Nunca lo lograron, por cierto, y la gente lo ha pagado caro desde entonces, incluyendo el gran daño causado porque el gobierno renunció a su derecho a controlar el suministro de moneda de la nación. Lo entregó secretamente sin que el público lo supiera, ignorante del daño que se le había hecho. Ha sido peor todavía desde los años ochenta, porque el poder de la Fed aumentó bajo un presidente republicano amigo, y la algarabía dirigida por los medios corporativos ocultó el efecto. Para ellos, es inaceptable que la Fed sea degradada en público, así como sus gigantescos bancos miembros o sus aliados de Wall Street.

Las cosas se descontrolaron especialmente durante el ejercicio de Alan Greenspan. Sorprende que haya habido quien encontrara muchos motivos para elogiar a semejante presidente de la Fed antes de que dirigiera la Fed, cuando fue asesor presidencial, o durante el período en el que la dirigió. Sólo entró al servicio gubernamental después del fracaso de su firma de consultoría financiera, probablemente porque necesitaba una nueva línea de trabajo. Allí se las arregló para convertirse en un exuberante profeta de la banca central que fue casi elevado a la santidad por los expertos en los negocios que pensaron que bajo su ejercicio los cielos fueron sólo azules y que las pocas nubes a la vista siempre presagiaban que volvería a brillar el sol. Ahora Alan se retiró a los horizontes más fértiles de los contratos literarios y de las conferencias, lo que muestra que si trabajas bien para los ricos y poderosos que te lo permitieron, (a costa del resto de la gente) la recompensa final valdrá la pena. Es probable que el nuevo presidente de la Fed haya tomado nota y que tratará de continuar la tradición como corresponde.

Pero tratemos de imaginar un tipo diferente de presidente de la Fed, alguien que conociera, tuviera fe en y practicara las palabras y la sabiduría de otro presidente usamericano de cierta importancia: Abraham Lincoln.

En 1886 Lincoln dijo: “Los poderes del dinero se alimentan de la nación en tiempos de paz y conspiran contra ella en tiempos de adversidad. Son más despóticos que un monarca, más insolentes que la autocracia y más egoístas que una burocracia. Denuncian, como enemigos públicos, a todos los que cuestionen sus métodos o saquen a la luz pública sus crímenes. Tengo dos grandes enemigos: el Ejército del Sur frente a mí y los banqueros detrás. De los dos, el que está atrás es mi mayor enemigo.”

Parece que Lincoln también dijo (aunque algunos lo disputan): “Veo que se acerca en el futuro cercano una crisis que me inquieta y que me hace temblar por la seguridad de mi país… han entronizado a corporaciones y seguirá una era de corrupción en los cargos importantes, y el poder del dinero del país se esforzará por prolongar su reino utilizando los prejuicios de la gente hasta que toda la riqueza se acumule en unas pocas manos y la República sea destruida.” Imaginemos lo que Lincoln diría en nuestros días.

Lo que Lincoln pensaba sobre los banqueros y el poder del dinero en el país, parece provocar la pregunta obvia: ¿Tuvieron algo que ver, o fueron la razón de su prematura muerte a manos de John Wilkes Booth? Los banqueros internacionales detestaban evidentemente a Lincoln después de que logró que el Congreso aprobara la Ley de la Moneda de Curso Legal que autorizó al Tesoro de USA a emitir papel moneda llamado “greenbacks” [verdes]. Lincoln necesitaba esa legislación después de que renunció a pagar a los banqueros las tasas usureras de interés de entre un 24 y un 30% que exigían por los préstamos que necesitaba para financiar su guerra con el sur. Con la nueva ley bancaria, Lincoln pudo imprimir los millones de dólares necesarios, libres de deuda y de intereses. Esto no era, evidentemente, lo que deseaban los codiciosos banqueros, ya que sólo pueden sacar beneficios cuando arrebatan su trozo de carroña de las transacciones financieras que controlan. Lincoln fue asesinado poco después del fin de la guerra, y un poco más tarde rescindieron la así llamada ley “Greenback” [verde], aprobaron una nueva ley bancaria, y todo el dinero volvió a producir intereses.

Cómo funciona el Sistema de la Reserva Federal.

El Sistema de la Reserva Federal resulta de que el Congreso y el Presidente aceptaron privatizar el sistema monetario de la nación y renunciar al poder que debería hacer seguido siendo el derecho exclusivo del gobierno. Esa ley fue tan escandalosa que la Fed tuvo que ser estructurada deliberadamente para que pareciera una delegación del gobierno federal a fin de ocultar que en realidad es un cartel bancario todopoderoso de propiedad privada cuyos bancos miembros (incluyendo todos los nacionales) comparten los vastos beneficios obtenidos de poseer la licencia más importante que debiera ser exclusiva de los gobiernos– el derecho a imprimir dinero en cualquier cantidad, controlar su suministro y precio, y beneficiarse inmensamente de prestarlo a cambio de un beneficio, incluyendo al propio gobierno que debe pagar intereses por el dinero, lo que nunca sería necesario si simplemente lo imprimiera. Pensemos en lo que ocurriría si el gobierno legalizara el derecho a falsificar la moneda nacional para beneficio privado.
No es una exageración afirmar que es la mayor estafa financiera de todos los tiempos, que causa un daño incomprensible a un público que sigue sin enterarse.
Funciona como sigue:
La Fed recibió la autoridad de dirigir la política monetaria de la nación con el poder de controlar el suministro y el precio de la moneda. Tiene tres maneras de hacerlo – mediante operaciones abiertas de mercado, la tasa de referencia que cobra a los bancos miembros, y el requerimiento del porcentaje de reserva de los activos de los bancos miembros que se les exige que mantengan en su poder y no sea prestado. El Consejo de Gobernadores tiene la responsabilidad del manejo de la tasa de referencia y de los requerimientos de reserva, mientras que el Comité Federal de Mercados Abiertos (FOMC, por sus siglas en inglés) está a cargo de las operaciones de mercado abierto de compra o venta de obligaciones que explicamos más adelante. Mediante el uso de estos instrumentos, la Fed puede influenciar el suministro y la demanda de dinero y así controla directamente la tasa a corto plazo de los fondos federales que es siempre fija a menos que la Fed desee elevarla o bajarla. Las tasas a mayor plazo son controladas por los poderosos negociantes institucionales en el mercado de obligaciones.

El FOMC y cómo funciona

El Comité Federal de Mercados Abiertos es realmente la clave de todo el proceso de creación o contracción de dinero. Consiste de 12 miembros – siete miembros del Consejo de Gobernadores de la Fed, el presidente del New York Fed Bank (el más importante de todos) y cuatro de los restantes 11 presidentes del Banco de la Reserva que sirven por turnos períodos de un año.

El FOMC realiza ocho reuniones regularmente programadas por año para evaluar las condiciones económicas y decidir lo holgada o estricta que ha de ser la política monetaria para impulsar su objetivo declarado de un crecimiento económico sostenible y de estabilidad de los precios.
Literalmente, el FOMC tiene el poder de crear dinero de la nada. Lo hace mediante un proceso de cuatro etapas:


Primera etapa: El FOMC aprueba la compra de obligaciones del gobierno de USA en el mercado abierto.

Segunda etapa: El New York Fed Bank adquiere las obligaciones a los vendedores (los mercados financieros siempre tienen un número idéntico de compradores y vendedores).

Tercera etapa: La Fed paga por sus compras con créditos electrónicos a los bancos vendedores que, por su parte, acreditan las cuentas bancarias de los vendedores. Estos créditos son literalmente creados de la nada.

Cuarta etapa: Los bancos que reciben los créditos pueden entonces utilizarlos como reservas para posibilitar que presten hasta 10 veces su suma (si su requerimiento de reserva es de un 10%) mediante la magia (que sólo poseen los bancos) de la banca de reserva fraccional y, por cierto, cobran intereses por el total. ¡Qué negocio! y todo es legal. Imaginemos cuán ricos podríamos ser todos si pudiésemos hacer lo mismo como individuos privados:

Pedimos prestado un millón a la Fed, como por arte de magia lo multiplicamos por 10, y cobramos intereses sobre el total, con la excepción de un 10% que debemos mantener en reserva. Es la magia de la creación de dinero de la reserva fraccional y explica cuán poderoso es el estímulo económico cuando la Fed quiere realzar el crecimiento económico.
Cuando la Fed desea contraer la economía reduciendo el suministro de dinero, simplemente invierte el proceso mencionado. En lugar de comprar obligaciones, las vende de manera que el dinero sale de las cuentas de los bancos compradores en lugar de ingresar en ellas. Entonces, los préstamos bancarios tienen que ser reducidos 10 veces si el requerimiento de reserva es de un 10%.


Cómo la Fed daña el interés público

El sistema de la Reserva Federal existe sólo para servir a sus propietarios y a los bancos miembros y al hacerlo es hostil al interés público. Eso, porque es un cartel bancario con el poder de restringir la competencia por mayores beneficios obtenidos a nuestra costa. Sale de nuestros bolsillos, a los de ellos, y el público pierde de cuatro maneras:

Primera:
A través del impuesto invisible de la inflación que resulta de la dilución del poder adquisitivo causado por el ingreso al sistema de dinero recién creado, lo que reduce el valor de los dólares que ya están presentes. La Fed de Greenspan fue especialmente expansiva, nunca fue responsabilizada por sus excesos y pudo legar el serio problema que creó a un futuro presidente de la Fed y a la sociedad, para que lo encararan. El hombre al que ahora ensalzamos como mago monetario comenzó de modo sensato. Desde 1982, antes de que llegara en 1987, hasta 1992, el suministro de dinero aumentó en un promedio de un 8% por año. Pero de 1992 a 2002, las imprentas trabajaron horas extra en sincronización con la desregulación y el crecimiento de los mercados globales, expandiendo la moneda en más de un 12% por año. Se hizo aún más extremo después del 11-S y desde 2002 creció a una tasa de un 15%. Ahora se ha más que duplicado en menos de una década. Parece que el nuevo presidente de la Fed tomó nota y ha comenzado a reducir el ritmo de expansión monetaria ya que sigue aumentando la tasa de los fondos federales a cualquier nivel que tenga en mente.

Los operadores cambiarios también parecen haber tomado nota del ritmo de la expansión general del suministro de dinero. Con la excepción de un descanso en 2005, es bastante probable que la debilidad del dólar desde 2002 sea el resultado del exceso creado por los gastos derrochadores del gobierno de Bush para financiar sus interminables guerras y sus insensatos recortes tributarios para los ricos. El problema se complica aún más ya que desde 1964 hasta la actualidad, el servicio de la deuda ha crecido de un 9 a un 16,5% del presupuesto federal, y sigue aumentando, y el actual déficit ha pasado de un superávit de un 1% a casi un 7% de déficit; el endeudamiento federal ha crecido en un 40% sólo desde 2001 y ha sido financiado en gran parte por “la gentileza de extranjeros” que podrían estar perdiendo los nervios. Además, desde marzo de 2006, la Fed dejó de publicar la suma M-3 del monto total de dólares en circulación.
Sin esa transparencia, ahora los grandes compradores de obligaciones del Tesoro de USA tienen que calcular el valor del dólar basándose en la especulación y la inseguridad en lugar de datos seguros – no es algo que inspire confianza en los mercados financieros que funcionan mejor en una atmósfera de franqueza y claridad.

Segunda:
El público también pierde porque el cartel bancario puede practicar la usura – por su poder sobre una moneda flexible para aumentar o bajar artificialmente las tasas a cualquier nivel que escoja lo que muchos pequeños prestamistas no pueden hacer en un mercado verdaderamente libre y abierto. Además, la dominación sobre el mercado por el cartel fuerza a la mayoría de los prestatarios (especialmente los más pequeños que están en menos condiciones de emitir sus propios instrumentos de deuda) a pedirle préstamos que luego puede hacer utilizando lo que debería ser el dinero de la gente, puesto a su disposición al coste más bajo posible por numerosos pequeños prestamistas fuertemente regulados por el gobierno, que competirían en busca de clientes.

Tercera:
Mediante los impuestos, nosotros, el público, tenemos que pagar para cubrir los intereses de la inmensa deuda nacional (actualmente de más de 8,4 billones de dólares) acumulada del dinero imprimido por la Fed y prestado al gobierno. Como dijera anteriormente, totaliza ahora un monto anualizado que excede dos tercios de un billón de dólares y aumenta a diario. Ha enriquecido a los banqueros, empobrecido a la gente de a pie, y el público todavía no se entera de que está siendo esquilmado en grande.

Cuarta:

Exacerbando el abuso mencionado, el cartel puede hacer que el público saque de apuros al sistema con más dólares del contribuyente. Esto sucede cada vez que alguno de los bancos demasiado grandes para que se permita que fracasen necesita ayuda financiera para sobrevivir. Lo mismo vale para grandes corporaciones como Chrysler o Lockheed, grandes firmas inversionistas o fondos hedge como Long-Term Capital Management o incluso países como México. También vale cuando cierra un solo banco y hay que compensar a los depositantes o, de modo más serio, después de una crisis financiera sistémica como la que acabó con muchos bancos de ahorros y préstamos en los años ochenta. Sea un solo banco o muchas docenas al mismo tiempo, los dólares tributarios del público son utilizados para salvar el sistema o sólo para pagar la cuenta a fin de rembolsar a depositantes asegurados contra pérdidas por el seguro de protección gubernamental hasta un cierto monto por cuenta.

¿Cómo habría reaccionado Adam Smith ante el Sistema de la Reserva Federal?

Esta concentración de riqueza y poder del cartel bancario es lo contrario de lo que Adam Smith, el padrino ideológico del capitalismo de libre mercado, propugnó en sus escritos, incluyendo su obra fundamental “La Riqueza de las Naciones”.
Smith escribió sobre una “mano invisible” que dijo funcionaba mejor en un mercado libre con numerosos pequeños negocios en competencia local los unos contra los otros. Se opuso enérgicamente al mercantilismo concentrado de su época (lo que haya sido) que actualmente sería el equivalente de nuestras gigantescas corporaciones transnacionales y el cartel bancario con el poder para restringir la competencia, mantener precios más elevados de lo que hubiera sido posible de otro modo y, como resultado, ganar mayores beneficios a expensas del público.

El tipo de cartel bancario que existe hoy en día es precisamente lo que Smith habría condenado. Pero que haya un banco central no es un mal de por sí siempre que el banco sea de propiedad del gobierno, controlado y operado en función del bien público. Sólo aparece un problema cuando establecen el banco mediante subterfugios para que parezca como si fuera de propiedad del gobierno y operado por éste, cuando en realidad, funciona en función del interés privado como en nuestro caso y también en la mayoría de los otros. Y en USA, para que funcione el amaño, el Sistema es dirigido por un organismo rector nombrado en su mayoría por el gobierno, que actúa como un alcahuete para los miembros privados del codicioso cartel de la banca que fue el primero en desear que existiera y que logró que un Congreso corrupto lo pusiera a su disposición.
Para que funcione, el cartel precisa de la cobertura que consigue como resultado de su asociación con el gobierno, pero perjudica al interés público gracias a esa estructura en provecho de sus propias ganancias privadas.
Y así llegamos al quid del problema:
El Congreso elegido para servir al pueblo, lo traicionó en lugar de cumplir con su deber al crear un cartel bancario todopoderoso y otorgarle la autoridad para practicar la banca de reserva fraccional con el poder de obtener dinero libre creándolo de la nada.


Luego permitió a sus miembros un derecho de casi-monopolio para establecer las tasas de interés que deseen cobrar a los prestatarios.
Todo el proceso equivale a un atraco legalmente sancionado por parte de los poderosos bancos que operan confabulados con el gobierno para obtener sus propios beneficios. Forma también parte de un proceso más amplio organizado por el gobierno para transferir riqueza del pueblo a los bolsillos de las grandes corporaciones y de los ricos, y lo hace mientras los afectados desconocen que siquiera ocurre.

El Sistema de Reserva Federal también daña al público de otra manera:


La Fed daña el bien público de otra manera importante, y de nuevo la mayoría de la gente no tiene la menor idea. El Sistema de Reserva Federal fue supuestamente establecido para estabilizar la economía, limar asperezas de los ciclos de la coyuntura, mantener una tasa saludable de crecimiento sustentable mientras conserva la estabilidad de los precios y beneficia a todos. ¿Ha hecho bien su trabajo?

Desde su creación en 1913, hemos tenido los cracks de 1921 y el más importante y recordado de 1929. Fue seguido por la Gran Depresión que duró hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la que según el destacado economista conservador Milton Friedman fue causada y exacerbada porque la Reserva Federal decidió sorprendentemente la reducción del suministro de dinero en tiempos de contracción económica, en lugar de aumentarlo.

Luego tuvimos recesiones en 1953, 1957, 1969, 1975, 1981, 1990 y 2001. También tuvimos comienzos de inflación en los años sesenta. Ésta fue bastante severa durante gran parte de los años setenta y a comienzos de los ochenta. Y tuvimos una importante crisis bancaria en los años ochenta en la que quebraron más bancos y asociaciones de ahorro y préstamos que nunca antes en nuestra historia. Sucedió después de la desregulación del mercado financiero, al permitirse que los bancos persiguieran sus propios intereses sin supervisión gubernamental que controlara su inclinación a correr riesgos excesivos o que impidiera que trataran de salirse con la suya mediante fraudes deliberados.

Junto con la estabilidad económica que la Fed nunca logró, también se ha disparado la deuda de los consumidores; déficits presupuestarios y comerciales de nivel récord; una cantidad elevada de bancarrotas personales y crecientes delitos con préstamos hipotecarios; un interés sobre una creciente deuda nacional que representa un porcentaje grande y creciente del presupuesto federal; la pérdida de nuestra base manufacturera y de puestos de trabajo con salarios elevados porque son exportados a países de baja remuneración; una economía en la que los servicios acaparan ahora cerca de un 80% de todos los negocios que en su mayoría pagan mal, con trabajos menos capacitados con poca o ninguna prestación; y una brecha en el aumento de los ingresos y la riqueza que sigue dañando a las personas de bajos o medianos ingresos para beneficiar a los pocos ricos y acomodados, así como un gobierno que impulsa esta situación.
Todo se sintetiza en una conclusión:
La Fed no cumplió, por sobre todo, la tarea esencial para la que fue establecida para comenzar. Pero es mucho peor todavía, si comprendemos los verdaderos motivos de un cartel. No es servir el interés público. Es abusar de él, porque así aumentan los beneficios. Puede hacerlo con la concentración de su poder, legalmente sancionado, y un gobierno amigo aliado con sus socios o facilitadores. Se sale con la suya cuando comete los más espléndidos de los robos gracias a este amaño oculto de la vista del público.

Una solución necesaria para un problema inmenso.


Se desprende de la información presentada que el Sistema de la Reserva Federal fue establecido mediante el sigilo y el engaño por un puñado de políticos corruptos al servicio de sus poderosos aliados de la banca y de Wall Street. Lo hicieron para defraudar al público y sin que éste haya tenido la menor idea de lo que sucedía, y de lo dañino que era para su bienestar e interés. Los que estaban en el Congreso y el presidente Wilson (un hombre formado en derecho, ex abogado practicante, antiguo académico apreciado y presidente de la Universidad Princeton) o sabían o deberían haber sabido que la ley que él y ellos aprobaron al establecer la Fed estaba en violación directa de la Constitución que habían jurado defender. No lo hicieron, y violaron la ley, y el público pagó caro su crimen desde entonces hasta la actualidad.

De manera que, ¿qué recurso queda, y es posible movilizar a la gente para darle seguimiento? Hay una sola solución sensata y justa para deshacer el daño que se ha hecho a tantos durante tanto tiempo: abolir el Sistema de la Reserva Federal y restaurar el poder que tiene actualmente a un Gobierno Federal que trabaje por el bien público. Recuperarlo del poderoso cartel bancario que trabaja en su contra y no volver a permitir jamás que vuelva a caer en sus manos. Es el único camino. El gran poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht habría estado de acuerdo cuando dijo que “es más fácil robar estableciendo un banco que asaltarlo.”

La liberación del poder de esos poderosos “cambistas” traería enormes beneficios para todos. Establecería una política prudente de creación de dinero que minimizaría nuestro impuesto más injusto – la inflación que es causada por banqueros privados en busca de beneficios que manipulan el suministro de dinero de la nación para aumentarlos. Estabilizaría la economía y suavizaría los extremos en el ciclo de la coyuntura agudizados por el cartel que trabaja para su propio beneficio y contra el nuestro. Reduciría el coste del dinero para los prestatarios porque terminaría con el poder monopolista que tiene actualmente el cartel de establecer las tasas que prefiere, abriendo el mercado a más competencia.

Reduciría la creciente y opresora deuda nacional al ser por fin liberada del aumento del suministro de dinero requerido para pagarla.

Reduciría la carga tributaria para el público ya que se necesitarían menos ingresos para el servicio de la deuda. Sería un paso trascendental hacia la reducción del poder abrumador de todos los gigantes corporativos depredadores que nos explotan para poder crecer y prosperar, y ojalá termine por eliminarlo. Podría incluso servir de disuasión para evitar guerras que sólo se libran para obtener riqueza y poder – nunca por la gloria o para que el mundo sea más seguro para la democracia u otros motivos falsos. Sin un poderoso cartel bancario y otros gigantes de la industria que viven de la miseria humana que generan, habría menos necesidad de guerra alguna.

Tratemos de imaginar ese tipo de mundo y un gobierno que trabaje por el bien público en lugar de dañarlo como lo hace ahora para servir al capital.

Ese mundo es posible, y la gente responsable tiene que trabajar por él, porque el que tenemos actualmente ha fracasado y debe ser cambiado antes de que sea demasiado tarde.

Una visión del mundo creada por los intereses del capital y por nuestro gobierno que lo apoya.

En el inquietante, corrupto mundo del capitalismo neoliberal de “libre mercado” controlado por gigantescas corporaciones; que beneficia sólo a los pocos privilegiados y causa tanta miseria y desesperación; un mundo despótico que no puede durar, ni debemos permitir que dure mucho más; en el que interminables guerras por el poder y los beneficios; en el que la gente es una mercancía utilizada según se la necesita y descartada como basura cuando no es así; sin preocupación por la preservación de una ecología capaz de sustentarnos, que no lo seguirá haciendo por mucho tiempo más porque la estamos destruyendo, y a nosotros mismos, por ganancias; en el que las necesidades humanas básicas no tienen importancia bajo un modelo económico en el que sólo vale el beneficio privado; en el que la democracia es incompatible con el capitalismo depredador; en el que nadie debiera querer vivir o tener que hacerlo; en el que debemos cambiar o morir. En el lenguaje del capital, es el balance final. Sólo un movimiento de masas de gente comprometida puede cambiar el mundo. Debe acabar o acabaremos todos.


A menos que podamos pasar de nuestro modelo económico fracasado a una alternativa mejor, terminará cuando le llegue el día de una u otra manera. Pero podría ser un desenlace que nadie puede desear – su autodestrucción que se lleve todo consigo, sea por un holocausto nuclear o por un medio ambiente tan inhóspito que no permita que vivamos en él. Nuestra única posibilidad es trabajar por el cambio mientras quede tiempo.

Una visión de un mundo diferente


La historia prueba que un mundo mejor es posible cuando hay gente comprometida que trabaja lo suficiente para lograrlo. Así terminó la esclavitud; los trabajadores conquistaron el derecho a organizarse y a la negociación colectiva; las mujeres lograron el mismo derecho a voto que los hombres, el control sobre sus propios cuerpos, y más derecho y condición en la fuerza laboral; los negros y otras minorías obtuvieron importantes derechos cívicos; y los políticos estatuyeron importantes leyes sociales aunque haya sido sólo por temor a lo que podría suceder si no lo hacían.

Thomas Jefferson explicó que “el precio de la libertad es la vigilancia eterna.” Es el mismo precio a pagar para mantener nuestras conquistas sociales logradas con tanta dificultad. En la generación pasada esas conquistas se erosionaron mientras no prestábamos atención y sólo una acción de masas del pueblo puede rescatarlas. El objetivo debería ser un mundo humanitario de participación en el que las vidas de la gente mejoran porque todos trabajamos juntos para lograrlo; un mundo de paz y no de guerras interminables en beneficio de los ricos y poderosos a nuestras expensas; en el que todas las necesidades humanas esenciales son satisfechas porque los gobiernos trabajan por el bien común para asegurarlo; con una democracia participativa real en la que los funcionarios públicos y elegidos trabajan juntos para mantenerla fuerte y vibrante; sin gigantes opresores corporativos o carteles bancarios porque la ley no los permite; en el que la nutrición ecológica y la preservación constituyan una preocupación central; en el que haya aire, agua, suelos puros y una alimentación adecuada y segura; un mundo mucho más simple, con una base más local que la actual, en la que nociones como la globalización ni siquiera formen parte del vocabulario; un mundo basado en la equidad social y la justicia para todos, con gobiernos, el mantenimiento del orden y los tribunales trabajando para asegurar que siga siendo así; un mundo en el que todos queramos vivir y ojalá algún día lo podamos; un mundo que queramos legar a futuras generaciones; un mundo que no podamos dejar de lograr porque la alternativa puede ser la nada.

Puede que nos encontremos en un momento crucial en el que nuestro destino está en juego. O trabajamos juntos por un mundo mejor, sustentable o probablemente nos convertiremos en la primera especie que se autodestruye. Si sucede, probablemente nos llevaremos a la mayoría de las demás con nosotros y no dejaremos gran cosa para los pocos que queden. Ya no nos queda el lujo de discutir el tipo de mundo que necesitamos para sobrevivir. Los bancos gigantes y las corporaciones no nos lo brindarán, ni lo hará un gobierno hostil aliado con ellos. Depende de nosotros que lo logremos o probablemente sucumbiremos si fracasamos. Sería un buen comienzo si expulsáramos de nuestro templo a los “cambistas” de la Reserva Federal y con ellos a las corporaciones gigantes. Un mundo mejor es posible si recordamos y vivimos según las palabras inspiradoras de Antonio Gramsci sobre “el optimismo de la voluntad.” Con su ayuda, el pueblo organizado puede encontrar un camino para derrotar al dinero organizado.



Stephen Lendman vive en Chicago. Para contactos: lendmanstephen@sbcglobal.net

http://www.therebel.org/index.php?name=News&file=article&sid=6353

Germán Leyens es miembro de los colectivos de Rebelión y Tlaxcala (www.tlaxcala.es), la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción es copyleft.



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En Torno al Viejo y al Nuevo Liberalismo

Gerardo Blas

 

A últimas fechas se oye hablar mucho del neoliberalismo, así para ensalzar sus virtudes como para criticar sus excesos. Éste sería un muy buen ejemplo para demostrar que la humanidad suele olvidar muy pronto sus errores, y que aquello de tomar a la historia como maestra de la vida no suele tomarse tan en serio.

 
 
Para tratar del liberalismo siempre es necesario comenzar con algunas precisiones. Para empezar, hay que decir que el liberalismo en sentido amplio suele dividirse en liberalismo económico, liberalismo político e, incluso, liberalismo filosófico. Esta división no es compartida por la totalidad de los estudiosos; por ejemplo, sólo por citar un caso, para Giovanni Sartori, el liberalismo es político y no económico. Este autor propone que a esta última acepción se le llame por su estricto nombre: librecambismo. Esta aclaración viene al caso porque en este artículo trato tanto sobre el liberalismo económico y algunas implicaciones en la cuestión política, lo que algunos llaman democracia liberal.

El liberalismo, debido a su etimología, da una idea de libertad que, en la mayoría de las mentes occidentales se asocia a una concepción bastante positiva de sus propuestas y de los resultados que propone. Sin embargo, a pesar de haber sido alguna vez una propuesta revolucionaria, es pertinente recordar que, una vez convertida en la doctrina de las élites gobernantes, muy pronto mostró sus límites y sus graves implicaciones sociales.

El liberalismo al principio fue una doctrina que buscó acabar con el feudalismo, con la sociedad estamental y sus desigualdades ligadas al nacimiento y origen, así como con el dominio social y político de la nobleza, pero sus postulados de igualdad ante la ley pronto mostraron sus limitaciones. Desde muy pronto pudo notarse que las élites burguesas liberales trataron de limitar la participación política del pueblo; para ejercer los derechos políticos pusieron como requisitos la propiedad, la riqueza o hasta la raza. Cómo olvidar que en los muy liberales Estados Unidos de América los negros carecieron de igualdad, a pesar de que la Constitución se basaba expresamente en la defensa de los derechos inalienables del hombre, o cómo dejar de lado la cuestión del género, pues es sabido que cuando se llegó a hablar de voto universal, esta supuesta universalidad no incluía a las mujeres.

Por otro lado, la igualdad social no fue un postulado básico del liberalismo. Su defensa de la igualdad sólo hace referencia a la igualdad jurídica (todos iguales ante la ley), pero no intenta nada para paliar la desigualdad de fortunas, o los extremos ligados a ella. Todo lo contrario: el liberalismo está a favor de la desigualdad, pues el motor de la actividad económica es la iniciativa individual, el interés privado. El liberalismo clásico ni siquiera se molestó entonces por la cuestión de la equidad, esa noción que acepta que para competir en términos de igualdad en el mercado, en la política, en la educación, etc., es necesario tomar medidas compensatorias para los que han nacido en desventaja.

Recordemos que, en el liberalismo temprano, todo intento por dar mayores derechos y prestaciones a los obreros era visto como una afrenta al sistema económico racional. En este sentido, un sindicato era equiparado con los monopolios, y el gobierno debía luchar contra cualquier intento por cerrar o limitar el mercado, contra cualquier organización que atentara contra las sacrosantas leyes del mercado, las cuales, por cierto, se decía que funcionaban solas, sin apenas intervención humana. El gobierno no debía interferir en el libre juego de las leyes del mercado, así fuera para hacer más soportable la suerte de los trabajadores.

A finales del siglo XIX, las crisis económicas recurrentes, inherentes al mismo sistema económico liberal; los sucesivos y cada vez más fuertes movimientos sociales que pedían reformas, así como la aparición y extensión de las ideas socialistas, empujaron a algunos Estados a admitir reformas sociales y económicas heterodoxas desde el punto de vista de los liberales puros, pero necesarias en términos sociales y políticos. Tomar estas decisiones era aceptar, de hecho, las limitaciones políticas y sociales del liberalismo, aunque frecuentemente, más que debido a un afán reivindicativo, estas decisiones se tomaron para apuntalar el poder político de los gobernantes en turno.

Ya durante el siglo XX, con las crisis económicas que seguían apareciendo de vez en vez, con el triunfo de la revolución socialista en Rusia en 1917, la gran crisis económica de 1929 y la aparición y ascenso del fascismo, a los liberales no les quedó más remedio que reformarse o morir. Las políticas económicas en las que el Estado intervenía abiertamente se aplicaron cada vez en más países, si bien para algunos liberales eso constituía un error, y esto a pesar de que estas políticas demostraron efectividad. El llamado Estado benefactor trató de cumplir con su cometido de paliar las grandes desigualdades y brindar protección económica y social a la mayor parte de los ciudadanos, funciones que el liberalismo no contemplaba como parte de las obligaciones estatales, pues con éstas se interfería en las leyes naturales del mercado.

A partir de la segunda mitad de la década de 1970 se fueron fortaleciendo cada vez más los defensores del librecambio. Frente a los resultados cada vez más cuestionables de las políticas intervencionistas del Estado benefactor, los nuevos liberales (los neoliberales) pedían un regreso al sistema de librecambio. Quizá habría cabido esperar que este regreso a los principios liberales hubiera tratado de encontrar mecanismos que no repitieran los excesos y errores de su propuesta clásica. Pero no fue así.

Debido a estas cuestiones, no debería extrañarnos que el nuevo liberalismo no promueva la equidad ni proponga soluciones a los extremos de pobreza y riqueza generados con la aplicación de sus principios.

Alguna vez se creyó (algunos lo siguen haciendo) que el liberalismo promueve la prosperidad para todos. Pero para que haya prosperidad para algunos debe haber pobreza para otros. Este esquema se repite tanto al interior de cada sociedad o país, como a nivel global, en que sólo existen algunos países ricos y necesariamente deben existir numerosos países pobres, menos exitosos. ¿Necesariamente por las fuerzas naturales del mercado y por las diferencias en las iniciativas individuales?

Estas consideraciones pueden ayudarnos a realizar un mejor análisis de los acontecimientos actuales, y para cuestionarnos los discursos triunfalistas que suelen esgrimir los liberales de hoy. Es cierto que, desde esta perspectiva, es preferible tratar de ubicarse en el bando de los ganadores y no en el de los perdedores, pero se pierde de vista la complejidad de la vida humana, la social y la individual, así como las relaciones igualmente complejas entre el ser humano y la naturaleza. ¿Sólo debemos buscar ganancias económicas? ¿El planeta puede soportar una explotación sin límites? ¿Se busca erradicar la pobreza realmente, o sólo se pretende ocultarla o justificarla?

Referencias
SARTORI, Giovanni, Elementos de teoría política, Alianza Universidad, Madrid, 1992.
SHAPIRO, J. S., Liberalism: Its meaning and History, Princeton. N. J., 1958.
PALMADE, Guy, La época de la burguesía, Siglo XXI, México, 1998.
BERGERON, Louis, et al., La época de las revoluciones europeas, Siglo XXI, México, 1998.
Gerardo Blas Segura
Profesor del Departamento de Estudios Sociales y Relaciones Internacionales del Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México, México.

http://sobreatico.net/tiki-index.php?page=Neoliberalismo&bl
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Multimillonarios y Multinacionales

Multimillonarios y  Multinacionales

Multimillonarios y transnacionales capitalistas


Por Manuel Freytas - manuelfreytas@iarnoticias.com

1. Cara y contracara de la "fortuna"
(los dos extremos de la pirámide)

La "buena marcha" de los negocios del capitalismo transnacional queda demostrada en el ranking 2005 de la revista Forbes, donde un listado de 587 multimillonarios acumula una fortuna que duplica la riqueza anual producida por un país como España, y representa casi la quinta parte de la gigantesca economía de EEUU, la primera potencia imperial del mundo.

Según Forbes, en el año 2005, 587 multimillonarios sumaban una fortuna de casi dos billones de dólares, una suma equivalente al presupuesto anual de EEUU, la mayor potencia imperialista del planeta, y a decenas de PBI (producción de pastel) anuales de países dependientes.

Si quiere saber cuantas tajadas del pastel se robaron esos multimillonarios, sume su fortuna, y luego divídala por la totalidad del pastel (El PBI mundial): lo que le sobra (al capitalista) de la parte que en realidad le tocaba, es el producido del robo capitalista.

La lista de "ricos entre los ricos" se incrementó en el 2005 con 64 personas, como producto, según Forbes, de la "recuperación de la economía mundial" y del alza de los mercados bursátiles, en los dos últimos ejercicios.

La suma acumulada por los 587 "afortunados" representa casi 100 veces el PBI (producto bruto interno anual) de un país como Bolivia, y casi 20 veces la riqueza anual producida por un país como Argentina.

La prensa internacional, sus periodistas y comentadores, difunden estas cifras, impresionantes y fantásticas, destilando una rara mezcla entre admiración y envidia por no estar en el lugar de los rankeados, a los que consideran personas tocadas por la "varita mágica" del éxito y el prestigio social.

"Después de dos años de caídas significativas en las fortunas de los ricos, vimos un aumento enorme en las fortunas de casi todos los que aparecen en la lista", dijo la editora asociada de Forbes, Luisa Kroll, en una conferencia de prensa efectuada en Nueva York.

En el otro extremo de la pirámide (los que fueron despojados de su tajada del pastel), según informes de la ONU del 2005, sobre una población mundial de 6.000 millones de habitantes, 2.800 millones de pobres sobreviven con menos de dos dólares al día.

Según los informes presentados por organizaciones humanitarias en la ONU en el Día Mundial de la Alimentación, en octubre del 2003- 840 millones de personas en todo el mundo carecen de alimentos básicos, y más de seis millones de niños menores de cinco años morirán en un mes (octubre de 2003) de inanición.

El fundador del imperio Microsoft, Bill Gates, figura por décimo año consecutivo en primer lugar del ranking de Forbes con una fortuna estimada en 46.600 millones de dólares. La fortuna de Bill Gates supera en más de dos veces el presupuesto mundial de la lucha contra la pobreza , estimado en 19.000 millones de dólares.

Si Bill resolviera "dejar de trabajar" podría (si la salud se lo permite) vivir 120 años más, gastando a razón de 1 millón de dólares por día. En la vereda de enfrente están los 2.800 millones de pobres que sobreviven, menos de 50 años, con 2 dólares por día.

Entre los nuevos "riquísimos" fichados en el 2005 se encuentraban la escritora británica Joanne K. Rowling, autora de la saga Harry Potter, y a la que se le calcula una fortuna de 1.000 millones; los fundadores del buscador de Internet Google, Sergey Brin y Larry Page (1.000 millones por cabeza), y el empresario textil español Isak Andic, fundador de la cadena de tiendas Mango, del que no existe ni siquiera una fotografía y al que se atribuye una fortuna de 1.600 millones de dólares.

Multimillonarios como el financiero estadounidense Warren Buffet, segunda fortuna del mundo tras Bill Gates, con 42.900 millones, han incrementado su patrimonio vertiginosamente. Buffet, de 72 años, ha visto crecer su fortuna en 12.400 millones de dólares en apenas 12 meses. Y lo mismo ha sucedido con el tercer y el cuarto clasificados en el ranking de milmillonarios, el alemán Karl Albrech (23.000 millones) y el príncipe saudita Alwali Bin Talal al Saud, feliz poseedor de 21.500 millones de dólares.

La "buena marcha de los negocios" también ha derramado dólares por miles de millones en América Latina. El mexicano Carlos Slim ha logrado casi duplicar su fortuna en un año y situarla en 13.900 millones de dólares, con lo que ha escalado al puesto 17 entre los riquísimos del mundo, a los que también pertenecen los brasileños Josep y Moise Safra (4.700 millones) y el venezolano Gustavo Cisneros (4.600 millones).

En América Latina, Según un informe de la CEPAL de agosto del 2003, en el año 2002, el número de latinoamericanos que vive en la pobreza alcanzó los 220 millones de personas, de los cuales 95 millones son indigentes, lo que representa el 43,4 % y 18,8% de la población respectivamente.

En un capítulo especial dedicado al tema del hambre realizado en colaboración con el Programa Mundial de Alimentos de la ONU (PMA), la CEPAL estima que el 11% de la población está subnutrida.

Casi un 9% de la población infantil menor de 5 años sufre desnutrición aguda (bajo peso) y un 19,4%, desnutrición crónica (baja talla respecto a la edad). Esta última reviste especial gravedad por la irreversibilidad de sus efectos negativos.

En el otro extremo de la pirámide, la mayoría de las súper-fortunas difundidas por Forbes provienen de "negocios" relacionados con la finanzas, el "espectáculo", el deporte, la "cultura", las grandes producciones de Hollywood, las grandes cadenas de diarios, radio y televisión, la moda y los cantantes "fashion", y en general todo lo que "divierte y entretiene" a los televidentes y espectadores de todo el mundo, mientras el otro resto del planeta se muere de hambre marginado del "circuito" laboral y comercial del sistema.

Las comparaciones numéricas de las cifras de riqueza concentrada en pocas manos con la pobreza y la marginación humana extendida masivamente por todo el planeta, son infinitas, y ponen al descubierto, más que ninguna imagen o palabra, la verdadera naturaleza del sistema capitalista instalado como "única civilización" posible en el mundo.

A partir se saber sumar, dividir o multiplicar, o simplemente utilizando una calculadora digital, cualquiera está en condiciones de averiguar para que sirven la instituciones, la economía, la cultura y toda la fachada jurídica y social del sistema capitalista vendido todos los días como un orden "natural" por la estructura de los medios masivos de comunicación.

2. Trasnacionales
(el Arma Mortal )

En el mundo capitalista "transnacionalizado" del Imperio norteamericano las 200 empresas multinacionales mas poderosas dictan y condicionan la política mundial y el comportamiento de gobiernos, ejércitos, o instituciones mundiales oficiales o privadas.

Son los amos invisibles del Planeta: los que manejan a los países y a presidentes por control remoto, como si fueran títeres de última generación.

Las cadenas del viejo colonialismo militar reaparecen en la etapa de la globalización como cadenas financieras y económicas sostenidas por el poder tecnológico-militar-nuclear del Imperio norteamericano.

El comercio mundial (en más de un 50%) y la inversión de capital en el extranjero (en más de un 75%) se concentran en tres únicos polos: EEUU, Japón y la Unión Europea. Y excluye áreas enormes del planeta, en África por ejemplo, marginándolas de los flujos de mercancías y de capitales.

El hecho primordial, el más fundamental de esta etapa económica: el dominio abrumador de un reducido número de empresas transnacionales de dimensiones gigantescas, mayores que Estados, sobre la producción, el comercio y las finanzas mundiales.

La concentración del capital mundial en estos mega-grupos o mega-compañías, en una proporción aplastante, que implica modificaciones de todo tipo, en la economía, en la sociedad, en la vida política, en la cultura, etc., es seguramente el aspecto más definitorio de la llamada "globalización económica".

Aproximadamente un tercio de todo el comercio mundial se concentra dentro de las 37.000 "multinacionales" censadas en 1994(5), entre sus casas matrices y sus filiales, y otro tercio entre unas y otras, en definitiva dentro del sector multinacional.

Pero incluso estas cifras son pobres para retratar la realidad de la globalización económica controlada por estos monstruos económicos financieros que superan a los gobiernos. .

Hay que quedarse con las 200 mayores empresas, por ejemplo, para lograr una imagen realista del sistema económico que gobierna la vida material de los seis mil millones de seres humanos que habitamos este planeta.

La cifra de negocio anual de estos gigantes es nada menos que la cuarta parte (26,3%) de la producción mundial, crece a un ritmo doble de lo que crece el Producto Interior Bruto de los 29 países industrializados que integran la OCDE, y supera ya a la producción total sumada de los otros 182 países que no forman parte de la OCDE, pero donde vive la inmensa mayoría de la humanidad.

La lista de estos 200 gigantes está en perpetuo movimiento, precisamente porque las fusiones y absorciones entre ellas, y entre las mayores de ellas, constituyen uno de los medios principales de mantenerse en la cumbre de esta pirámide del poder económico.

Pero, para dar nombres, enumeremos, por ejemplo, a algunas de las mayores empresas transnacionales de carácter no financiero: Shell, General Motors, Ford, Exxon, IBM, Exxon, AT&T, Mitsubishi, Mitsui, Merck, Toyota, Philip Morris, General Electric, Unilever, Fiat, British Petroleum, Mobil, Nestlé, Philips, Intel, DuPont, Standard, Bayer, Alcatel Alston, Volkswagen, Matsushita, Basf, Siemens, Sony, Brown Bovery, Bat, Elf, Coca-Cola... entre las clásicas; Microsoft, Cisco, Oracle, entre las nuevas. Entre los bancos: IBJ/DKB/Fuji, el Deutsche, BNP/Paribas, UBS, Citigroup, Bank of America, Tokio/Mitsubishi...

3 Dimensiones de estos gigantes

La petrolera BP es la segunda empresa más gran de del mundo, seguida por Exxon Mobil, Shell, General Motors, Daimler Chrysler, Toyota Motor, Ford Motor, General Electric, Total, Chevron en orden de magnitud de sus entradas hasta 2005. Cada una de ellas son economías mayores que Portugal, Israel, Irlanda o Nueva Zelanda.

La empresa más grande del mundo sigue siendo Wal-Mart, cuyo volumen de ventas es mayor que el producto bruto interno de Noruega, Arabia Saudita y Austria. Wal-Mart es la vigésima economía de planeta.

The New York Times comenzó a hablar de la "walmartización" refiriéndose a cómo Wal-Mart había presionado la baja de salarios y la seguridad social de los trabajadores en sus tiendas en Estados Unidos.

Situación que se repite por todo el mundo donde se instala esta transnacional, después de liquidar a las tiendas locales pequeñas, como efecto inmediato de su instalación en esos mercados.

Entre las 100 multinacionales mayores hay supermercados como Carrefour, Home Depot, Metro y Royal Ahold, procesadoras de alimentos, como Nestlé y el Grupo Altria (propietaria de Kraft Foods y Phillip Morris), junto a grupos financieros como Citigroup, ING y HSBC, y empresas de informática y telecomunicaciones como IBM, Siemens, Hitachi, Hewlet Packard, Samsung y Sony.

En procesado de alimentos y bebidas, Nestlé mantiene su poderío duplicando o triplicando el volumen de ventas de sus competidores más cercanos: Archer Daniel Midlands, Altria, PepsiCo, Unilever, Tyson Foods, Cargill, Coca-Cola, Mars y Danone.

En cifras del año 2004, las 200 multinacionales más grandes del planeta concentraban 29 por ciento de la actividad económica mundial.

Entre las petroleras, en el año 2005, la Exxon registró ingresos netos durante 2005 de 36.130 millones de dólares (5.71 dólares por acción), un incremento de 10.800 millones en relación con el 2004, que supera a los PBI juntos de países como Bolivia, Paraguay, y Uruguay.

El consorcio petrolero Royal Dutch Shell, uno de los mayores del mundo, cerró el 2005 con beneficios netos de 22.940 millones de dólares, nuevo récord para ese indicador, informaron hoy fuentes del sector. La compañía anglo-holandesa se benefició el pasado año de los elevados precios del crudo, pues los mayores ingresos corresponden a las actividades de prospección y explotación de yacimientos.

Ese resultado, indicaron analistas, es el mayor de la historia para una empresa que cotiza en la City británica, si bien quedó detrás de la estadounidense Exxon Mobil, que llegó a 33.860 millones de dólares de beneficios.

Muchos analistas pensaban que la ola de fusiones corporativas que comenzó en los noventas estaba bajando, pero el valor de las fusiones y compras entre empresas alcanzó 1.95 billones de dólares en 2004, 40 por ciento más que en 2003.

Tras el triunfo del "libre mercado" y el fin de los Estados nacionales, cada vez con más legislaciones nacionales e internacionales a su favor, las multinacionales condicionan y dominan las estructuras económico-productivas de los países, promoviendo guerras por apoderamiento de mercados y apropiándose de recursos naturales y de los sistemas de importación y exportación.

Según el informe del Grupo ETC, Oligopoly Inc 2005 (www.etcgroup.org), que monitorea las actividades de las corporaciones globales, fundamentalmente en agricultura, alimentación y farmacéutica, desde el informe anterior, publicado en 2003, las 10 mayores industrias trasnacionales de semillas saltaron de controlar un tercio del comercio global, a la mitad de todo el sector.

En agrotóxicos, las 10 principales realizan el 84 por ciento de las ventas globales. Son: Bayer, Syngenta, BASF, Dow, Monsanto, Dupont, Koor, Sumitomo, Nufarm y Arista.

Dentro de semejante nivel de concentración, los analistas prevén que únicamente sobrevivirán tres: Bayer, Syngenta y BASF. Monsanto no ha renunciado a este lucrativo mercado, pero su rezago relativo -del tercer al quinto puesto- se debe a que está enfocada a la producción de transgénicos como frente de venta de agrotóxicos.

Las 10 farmacéuticas más grandes controlan 59 por ciento del mercado: Pfizer, Glaxo SmithKline, Sanofi-Aventis, Jonson y Jonson, Merck, AstraZeneca, Hoffman-La Roche, Novartis, Bristol Meyers Squibb y Wyeth.

Las diez mayores trasnacionales en productos veterinarios tienen 55 por ciento del mercado.

Las 10 mayores empresas biotecnológicas (dedicadas a subproductos para la farmacéutica y la agricultura) son apenas 3 por ciento de la totalidad de ese tipo de empresas, pero controlan el 73 por ciento de las ventas. Las principales son Amgen, Monsanto y Genentech.

4. La locomotora imperial
(los beneficiarios del Arma Mortal)

Un informe del Financial Times de mayo de 2002, analiza que casi un 48% de las mayores compañías y bancos en el mundo son de los EE.UU. y un 30% son de la Unión Europea , sólo 10% son japoneses.

En síntesis, casi 90% de las mayores corporaciones trasnacionales que dominan la industria, la banca, y los negocios son estadounidenses, europeas o japonesas. Africa y América Latina no figuran en la lista.

Cinco de los 10 principales bancos , seis de las 10 principales compañías farmacéuticas y/o biotecnológicas , cuatro de las 10 principales compañías de telecomunicaciones , siete de las principales compañías de tecnologías de la información , cuatro de las principales compañías de petróleo y gas , nueve de las 10 principales compañías de software , cuatro de las 10 principales compañías de seguros y nueve de las 10 principales compañías de comercio minorista, son estadounidenses.

La concentración de poder económico de los EEUU es aún más evidente en el círculo de las mayores compañías, donde los Estados Unidos tienen una abrumadora presencia y dominio.

Entre las 10 principales transnacionales del mundo: 90% son propiedad estadounidense; de las principales 25, 72% son propiedad estadounidense; de las principales 50, 70% son estadounidenses y de las principales 100, 57% son propiedad estadounidense.

Los flujos de los sectores financiero, farmacéutico, de software y de seguros están formados por las diez principales compañías estadounidenses y europeas.

Los mercados mundiales están divididos entre las principales 238 compañías y bancos de los EE.UU. y las 153 de la Unión Europea, y el 80% de las principales corporaciones de petróleo y de gas son propiedades estadounidenses o europeas.

La concentración del poder económico mundial en las corporaciones y bancos norteamericanos, y en menor medida, en los de la Unión Europea, revela claramente la condición de "socios principales" de los países europeos en las estrategias económico-militares de EEUU por todo el planeta.

Esto revela por sí solo, la falsead del discurso "opositor", en la ONU y en los foros internacionales, que practican potencias europeas como Francia, Alemania o la misma Rusia, en relación a las guerras por conquista de mercados lanzadas por Bush y los halcones.

Como se refleja en los números y estadísticas, en la realidad, estas potencias siempre han jugado -y siguen jugando- de socios principales de las políticas de conquista militar y rapiña capitalista lanzada por los gerentes políticos-militares de turno en el Imperio de Washington.


5. El rey desnudo
(o el capitalismo que "nadie ve")

Este capitalismo que "nadie ve", expresado brutalmente en el ranking de multimillonarios de Forbes, o en el listado de ganancias y facturación de las trasnacionales capitalistas, está ahí, al alcance de nuestras narices.

No es la resultante de la "brecha entre ricos y pobres" como sostienen los curas y los encuestadores, sino el emergente descarnado y real de la explotación del hombre por el hombre que ha tocado niveles de impunidad nunca vistos en la historia de humanidad.

Ya no se necesitan pensadores, ni filósofos, ni científicos ni expertos en nada para "ver" en acción la obra genocida del capitalismo caníbal y asesino de su propia especie: basta con consultar el ránking Forbes, o el activo patrimonial y el ránking ganancial de las trasnacionales en cualquier medio especializado.

No hay que ser un genio en finanzas ni un ilustrado en Ciencias económicas: solo hace falta saber sumar, restar, multiplicar y dividir.

Y a partir de la comprobación fáctica de los números, de las estadísticas reales y descarnadas, quien quiera esconder la cabeza y vivir en el sistema ignorando y marginando del lenguaje diario la palabra "capitalismo genocida", que lo haga.

Quien quiera seguir deslumbrándose con la "democracia", las "elecciones", los "derechos humanos" y el "pacifismo" exportados como estrategia de dominio por el Departamento de Estado norteamericano, que lo haga.

Quién quiera practicar el "antiimperialismo" sin practicar el "anticapitalismo", que lo haga.

El ser humano dentro del sistema capitalista en un "ser libre y autodeterminado" para todo, menos para conseguir trabajo y comida.

Ud. es tan libre como la Estatua de la Libertad, esa mole levantada en Nueva York, no muy lejos del templo financiero de Wall Street, justo por donde se desplazan habitualmente los gerentes, gurúes, ejecutivos y accionistas "afortunados" del ranking de Forbes: los hacedores del Arma Mortal 1.

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El capitalismo: la miseria de la abundancia

El capitalismo: la miseria de la abundancia

 


La miseria de la abundancia

Santiago Alba Rico • Rebelión


Conferencia pronunciada en el marco de la VII Conferencia Internacional de Psicología Social de la Liberación, Liberia (Costa Rica).

Me siento enormemente honrado de estar ante ustedes esta tarde, pero también un poco -cómo decirlo- intimidado o desplazado. En medio de tantos y tan autorizados especialistas que trabajan sobre el terreno, interviniendo en la resolución de conflictos concretos y a menudo, imagino, en condiciones difíciles y hasta personalmente arriesgadas, me presento ante ustedes como un huésped un poco abstracto, intruso en disciplinas cuyos secretos exceden con mucho mis competencias.

No soy psicólogo ni sociólogo y jamás tendría la audacia de calificarme de "filósofo", esa especie ya extinguida cuyo recuerdo mantienen vivo a duras penas algunos profesores de universidad condenados también a inminente desaparición por disposición del mercado. Un filósofo es alguien que madruga mucho, que se despierta antes que las cosas o al mismo tiempo que ellas, y para eso se necesita tiempo o, más exactamente, una calidad de tiempo incompatible con la sucesión industrial de los acontecimientos y con el imperativo moral de intervenir en ellos.

Capturadas en la órbita vertiginosa de las mercancías, las cosas han nacido siempre ya y apenas si tenemos tiempo de señalarlas con el dedo antes de verlas desaparecer en el horizonte. Si a algo vengo dedicándome muy modestamente en estos últimos años es, pues, al oficio de "señalador", no ya con el ambicioso propósito de entender o hacer entender sino con el mucho más humilde de indicar, para que se vean, las cosas que pasan, en el doble sentido de que "suceden" y "se suceden". En alguna ocasión me he presentado como un "modesto agitador político-literario", pero aún eso, y entre ustedes, y en un congreso que lleva el nombre de Martín-Baró, me resulta un poco arrogante, pues un discurso sólo es decisivo, sólo es movilizador, si moviliza contra él las fuerzas que combate. Ignacio Martín-Baró, en efecto, pudo medir toda la importancia de su palabra por la salvaje y criminal acción que la silenció para siempre. Uno de los tristes privilegios de los intelectuales europeos es el de poder decir todavía incluso la verdad, si tal cosa se nos pasase por la cabeza, y seguir vivos y hasta comprarnos una casa y recibir un aplauso, no en virtud de la mayor tolerancia de nuestros gobiernos sino de su mayor capacidad para establecer un régimen de garantías; es decir, un régimen que garantice que, se diga lo que se diga, el decir no decide nada o, como lo expresó el primer ministro italiano Berlusconi tras aceptar que los estadounidenses habían mentido en el caso Calipari, asesinado por los marines en las calles de Iraq, que "la verdad no cambia nada". De esta "nada" de los privilegios, eje de la autopercepción misma de las así llamadas sociedades occidentales, me he venido ocupando en los últimos años, tratando de llamar la atención sobre algunos rasgos de una cultura o estética de la abundancia cuyas ilusiones nihilistas incluyen la confianza ciega en la naturalidad y eternidad de nuestras ventajas, y esto a pesar de los muchos signos que anuncian (en el terreno económico, ecológico y también político) el fin de todas las eternidades y de todas las naturalezas.

Lo que distingue a las izquierdas antiglobalizadoras o anticapitalistas, o como quieran ustedes llamarlas, es que se repiten mucho, dicen siempre las mismas cosas. Pero repetir, allí donde se repite una y otra vez la lógica implacable de la destrucción, es resistir: repetir la casa que han derribado los soldados, repetir el gesto que han castigado los verdugos, repetir la canción que duerme al niño que ha despertado el hambre y repetir también, en mi caso de un modo mucho menos heroico, las palabras que los poderosos preferirían desterrar del diccionario. Por eso, porque me repito en todo caso demasiado, me gusta introducir mis monótonas intervenciones con un cuento diferente en cada ocasión. Los cuentos son como ganzúas que abren muchas puertas o como navajas suizas cuya utilidad material se revela, de pronto, en una situación difícil: son la respuesta práctica a un problema o a un dilema, los cuales, al mismo tiempo, iluminan uno de sus innumerables -pero no infinitos- sentidos narrativos.

En este caso quiero empezar contándoles un cuento chino, pero no en el sentido en que son "cuentos chinos" -metáfora muerta del racismo decimonónico- las noticias de los periódicos o los discursos de los políticos sino un cuento de la China milenaria, un cuento popular de Oriente que demuestra la variedad formal y la comunidad temática de las obras colectivas, por encima de las culturas y las fronteras.

Es un cuento corto y, bien mirado, terrible:

 Wang, un campesino pobre que apenas si podía alimentar a su familia, encontró un día una gran tinaja vacía y la llevó a su casa. Mientras la limpiaba, el cepillo se le cayó dentro y la tinaja de pronto se llenó de cepillos: cepillos y más cepillos y, por cada uno que sacaba Wang, otro surgía mágicamente de su interior. Durante algunos meses, la familia Wang vivió de vender cepillos en el mercado y su situación, sin llegar a ser ni siquiera desahogada, mejoró notablemente. Pero un día, mientras sacaba cepillos de la tinaja, a Wang se le cayó una moneda y entonces la tinaja se llenó de monedas: monedas y más monedas que se reproducían y multiplicaban a medida que Wang las sacaba a manos llenas. La familia Wang se convirtió así en la más rica de la aldea y, tantas eran las monedas que producía la tinaja y tantas las ocupaciones de la familia, que los Wang encargaron al abuelo, ya inservible para los placeres del mundo, la tarea de sacarlas con una pala y acumularlas sin cesar en un rincón, montañas y montañas de oro que aumentaban y se renovaban a un ritmo que ningún despilfarro podía superar. Durante algunos meses más la familia Wang fue feliz. Pero el abuelo era viejo y débil y un día, inclinándose sobre la tinaja, sufrió un desmayo, cayó en el interior y se murió dentro. Y entonces la tinaja se llenó inmediatamente de abuelos muertos: cadáveres y cadáveres que había que sacar y enterrar sin esperanza de acabar la tarea, infinitos viejitos sin vida que seguían apareciendo en el fondo inagotable de la tinaja. Así, la familia Wang empleó todo su dinero y todo el resto de su vida en enterrar un millón de veces al abuelo muerto.

El cuento de Wang, por un lado, nos habla del sueño de la abundancia, mitema común a todas las tradiciones populares del planeta: la rueca mágica, la multiplicación de los panes y los peces, la gallina de los huevos de oro, la cornucopia, la bolsa sin fondo, la mesa que se llena de manjares al conjuro de una palabra. Pero al contrario que en otras fábulas o leyendas de la tradición europea, en el cuento chino la abundancia se tuerce al final en una maldición, se convierte en una pesadilla, como en esos castigos del infierno griego en los que el esfuerzo renovado e infinito del condenado sólo servía para restablecer una y otra vez la situación inicial. Por otro lado, la fabulilla china, que transmite algunos mensajes simples propios del confucionismo popular (los peligros de la codicia o la necesidad de respetar a los ancianos), desprende un sentido nuevo al inscribirla en un contexto nuevo; y lo que aquí nos interesa de ella es esa asociación entre la abundancia y la muerte, entre la reproducción de riqueza y la reproducción de cadáveres. Así mirada, la tinaja mágica de Wang, que multiplica indistintamente cepillos, monedas y muertos, nos resulta de pronto mucho más familiar.

Decía Michel Foucault que, al contrario que las revolucionarias, las utopías del capitalismo se hacen siempre realidad. Pero sería más exacto decir -lo que es mucho más terrible- que el capitalismo hace realidad precisamente las utopías revolucionarias, pero virándolas en maldición, como en el cuento de Wang. Las hilanderas autómatas de Aristóteles se materializan como una fuente de hambre y de explotación en las maquiladoras; el "control del clima" de Fourier se verifica bajo la forma de tsunamis, ciclones y desaparición de especies vegetales y animales; el hombre completo y versátil de Marx que habría de superar la división del trabajo y la especialización alienante ("cazadores por la mañana, pescadores al mediodía, pastores por la tarde y críticos literarios después de cenar") se ha hecho realidad en la deslocalización y desprofesionalización del capitalismo globalizador y su traumática "flexibilidad" laboral; la "revolución permanente" y el "mundo nuevo" del socialismo se cumplen todos los días bajo el hechizo de las mercancías y la renovación incesante de una fuerza brutal que no admite nada definitivamente constituido (ni casas ni leyes ni cuerpos).

El cuento de Wang, mil años antes de su aparición, ilumina tres rasgos elementales del capitalismo: i-limitación, in-suficiencia, in-diferencia. Volveremos enseguida a ellos.

 

Permítanme ahora que les cuente otros "cuentos", tomados de aquí y de allá y reunidos en los últimos cuatro años. Los encadeno un poco al azar con la confianza de que, bajo su aparente heterogeneidad, mostrarán en el fondo de la tinaja de Wang sus conexiones orgánicas.

 

* Dominique La Pierre estaba en la India el 11 de septiembre del 2001, en Bophal, donde el 2 de diciembre de 1984 una fábrica de pesticidas perteneciente a la compañía estadounidense Union Carbide mató entre 16.000 y 30.000 personas, y nos recordaba desde allí una cita del The Wall Street Journal: “Sabiendo que una vida norteamericana vale aproximadamente 500.000 dólares y que el PNB de la India sólo representa el 1,7 % del de EEUU, se puede estimar que una vida india sólo vale 8000 dólares”.

* El número de adictos a la heroína ha crecido en Pakistán de prácticamente cero en 1979 a 2 millones de adictos hoy gracias a la política de la CIA y a su apoyo prestado primero a los mujahidin contra la Unión Soviética, después a la Alianza del Norte contra los talibán y hoy al gobierno títere de Karzai.

* EEUU mantiene en Ecuador la base aérea de Manta en virtud de un acuerdo anticonstitucional con Washington, en cuyo artículo XIX se dispone que el gobierno del Ecuador “renuncia a reclamar todo daño, pérdida o destrucción de bienes gubernamentales a consecuencia de actividades relacionadas con este acuerdo o por concepto de lesiones o muertes del personal ecuatoriano en el desempeño de sus obligaciones”. Este acuerdo forma del Plan Colombia, que a su vez forma parte de un proyecto norteamericano de control de la Amazonía, la mayor reserva de agua dulce, oxígeno limpio, flora y fauna del planeta, proyecto formulado por primera vez en los años 80 bajo el nombre de FINRAF (Farmer International Reserve of Amazone Forest), cuya necesidad se justifica así: “Su fundación se debió al hecho de que la Amazonía está ubicada en Sudamérica, en una de las regiones más pobres del planeta y formada por países crueles, autoritarios e irresponsables. Esta parte era una parte de ocho distintos y extraños países, que en la mayoría de los casos son reinos de la violencia, comercio de drogas, analfabetismo y de pueblos primitivos y sin inteligencia”.

* En noviembre del 2001 y bajo los auspicios de la ONU se aprueba el primer Tratado Internacional sobre recursos genéticos para la alimentación y la agricultura en el que se establece el derecho de los agricultores a conservar, utilizar, intercambiar y vender semillas de sus propias fincas. EEUU y Japón se abstienen.

* Los indígenas de origen maya de México denunciaban el 25 de mayo del 2003 que el pozal, un alimento milenario usado también por sus virtudes curativas, ha sido registrado en EEUU a nombre de nueve personas. Las grandes empresas quieren patentar también los güipiles y algunos motivos típicos de la ancestral artesanía mejicana, propiedad de la cultura colectiva. Entre tanto en Internet, es sabido, se pueden comprar trofeos de la guerra de Iraq, que los marines han arrancado a los cadáveres, pero también células humanas de indígenas huorani, quechuas, karitiana o suruí, entre otros muchos otros pueblos de la tierra. Como es sabido, cuando el médico estadounidense Paul Farmer, autor de un libro imprescindible sobre ese país, llegó a Haiti a mediados de los 80, escuchó historias demenciales sobre vampiros estadounidenses que chupaban la sangre de los haitianos; eran ciertas: durante años la empresa de capital estadounidense Hemo-Caribbean and Co. se había dedicado al "tráfico de sangre" extrayendo plasma a los haitianos más pobres en beneficio de un puñado de hemofílicos norteamericanos que podían permitírselo.

* En abril de 2002, Percy Schmeiser, agricultor canadiense de 70 años que llevaba toda su vida plantando colza, es denunciado por un vecino por tener entre sus plantas algunas procedentes de semillas transgénicas de colza. El juez le condena a pagar 200.000 dólares. No importa cómo hayan llegado allí. Sabemos que el proyecto de la multinacional Monsanto de controlar las semillas para vender sus herbicidas se basa en la patente de Terminator, una semilla estéril que EEUU, Canadá y la UE acaban de aceptar, amenazando con esterilizar, a través de cruces accidentales, el conjunto de las semillas de dos continentes.

 * Dos grandes multinacionales francesas controlan el 40% del mercado mundial del agua: Vivendi y Lionnaise de Aguas. La privatización del agua en La Paz (Bolivia) en el 2002 amenazó directamente la supervivencia de la población. En el barrio de Alto Lima, a 4000 metros de altura, no hay luz de noche porque la electricidad ha sido privatizada y tampoco llega ya el agua y si llega es de baja calidad o contaminada, pues Lionnaise ahorra en cloro y filtros. La ducha ha sido sustituida por baños públicos de pago. En varios barrios de Alto Lima el suministro fue cortado hace varios meses. Denis Crevel, experto del BID (Banco Intern. Del Desarrollo) declaraba en diciembre de 2000: “La población tiene malos hábitos porque cree que el servicio debería ser gratuito mientras que el agua es un bien social pero también económico”. Cuatro de cada diez habitantes del planeta, unos 2.500 millones de personas, carecen de agua suficiente y unos 1.000 millones utilizan normalmente agua insalubre.

* En España hay 26 millones de automóviles privados, 6 veces más que en la India o China, cuya población supera en 57 veces la de España. En el mundo hay unos 800 millones de coches privados que producen 1300 millones de toneladas de dióxido de carbono (el 17% del total), 120 millones de monóxido de carbono (60%), 35 de óxidos de nitrógeno (42%) 25 de hidrocarburos (40%) 9 millones de toneladas de partículas (13%) y 3 millones de óxidos de azufre (3%). El coche acorta la vida un promedio de 820 horas. Uno de cada cien automovilistas morirá en accidente. 7000 personas mueren en España todos los años. Medio millón en el mundo. Los coches cubren ya, literalmente, el 2% de la superficie de EEUU y de Europa y sólo el parque móvil de Madrid ocupa el equivalente a 5.000 campos de fútbol.

 *El pasado 20 de mayo se anunciaba que una cuarta parte de los mamíferos de la tierra se extinguirá en los próximos treinta años. Hay once mil especies de animales y plantas en peligro, de las que 1000 son mamíferos.

* El 19 de marzo nos enterábamos de que 3250 km2 (con un volumen de 720.000 millones de toneladas de hielo) de una plataforma de hielo de la Antártida formada hace 12.000 años se ha hundido en 35 días.

* La empresa petrolífera americana Exxon-Mobil está siendo investigada en Indonesia, tras ser denunciada por nueve supervivientes, por haber pagado a militares indonesios que asesinaron, torturaron, violaron y secuestraron (en el orden que quieran ustedes) a decenas de personas que vivían en un edificio propiedad de la compañía en la provincia de Aceh.

* En un artículo de mayo del 2005, el investigador Dale Allen Pfeiffer demuestra que, enfrentados al inevitable pico del petróleo y la correspondiente crisis energética y alimentaria, EEUU tendrá que deshacerse en los próximos cincuenta años de 92 millones de personas si quiere mantener sus niveles de crecimiento y consumo; el resto del mundo deberá suprimir a 4.250 millones de seres humanos.

* Durante la crisis argentina del 2002, la compañía española Iberia compró cada boeing de aerolíneas argentinas por 1 dólar.

* Curiosas conexiones entre la economía y la vida:

 1.- La multinacional SMAK despide a 22.000 trabajadores a principios de mayo e inmediatamente se dispara el valor de sus acciones, como un globo que se deshiciese de lastre. Las acciones de Bayer subieron también gracias a la amenaza del Anthrax en octubre del 2001. En las últimas semanas, lo sabemos, la alerta de gripe aviar ha hecho subir como la espuma las acciones de la farmacéutica Roche, que monopoliza y se niega a liberar la patente del único medicamento probadamente eficaz contra la enfermedad. Entre tanto y según declaraciones del experto Kent Campbell del pasado 25 de agosto, bastarían "mosquiteros, pequeñas cantidades de insecticida y algunas medicinas para salvar cada día la vida de 3.000 niños africanos enfermos de malaria".

 2.-En Francia, según un interesante artículo publicado por LMD, 50 ejecutivos se reparten 1213 cargos directivos de las más importantes compañías nacionales o multinacionales instaladas en el país. Encabeza la lista Yves Carcelle, que acumula 42 puestos de dirección, 5 de administrador, 10 de representante permanente y otras dos con funciones no especificadas.

 3.-La privatización de los trenes en Inglaterra produce en 8 años 9 accidentes con más de cincuenta muertos y centenares de heridos. El propio gobierno admite que desde la privatización en 1994 en 26 estaciones el tren se ha saltado al menos cinco veces el semáforo en rojo.

 4.- A finales de diciembre del 2003 Akhtar Muhammed, padre afgano de diez hijos, después de haber vendido sus pocos animales, sus alfombras, los utensilios de cocina y hasta las vigas de su casa, fue al mercado y cambió a dos de sus hijos (Sher de 10 años, y Baz de 5) por unos sacos de trigo.

 5.-En un día cualquiera, tomado al azar, el 25% de las mujeres occidentales está siguiendo una dieta. Un 50% está terminándola, interrumpiéndola o comenzándola. La industria dietética mueve al año 32.000 millones de dólares; la cosmética, 20.000 millones; la cirujía plástica 300 millones. Cerca de 300.000 españoles se sometieron el año pasado a algún tipo de intervención quirúrgica, lo que sitúa a España a la cabeza de Europa en este honroso ranking. Un reportaje del prestigioso diario español El País explicaba con toda naturalidad las razones de esta pasión de autorreforma permanente del cuerpo: "son personas que no quieren perder oportunidades laborales por unas ojeras".

 6.-En respuesta a la demanda de armas por parte de los ciudadanos americanos después del 11-S (un 25% de aumento) la casa Beretta fabrica una pistola de 9 mm. llamada Permanecemos Unidos con la bandera americana grabada en las cachas. Otro fabricante de armas de NY tiene un modelo llamado Seguridad de la Patria. En EEUU hay 200 millones de armas privadas, 30000 muertos al año por arma de fuego y 2 millones de reclusos en las cárceles.

 7.-A medida que desciende la delincuencia, aumenta en EEUU la población carcelaria. El Complejo de Industria de Prisiones es uno de los sectores económicos de más crecimiento en EEUU y sus inversiones se reflejan en Wall Street. Cobrando entre 17 centavos y 1,5 dólar por hora, según los Estados, los presos estadounidenses, en su mayoría negros e hispanos, producen el 100% de los accesorios militares (cascos, portamuniciones, chalecos, cantimploras), el 98% de la pintura y los pinceles, el 92% de todos los equipos para armar cocinas, el 36% de todos los utensilios domésticos, el 21% de todos los muebles de oficina.

 8.-En Colombia se arruina la industria lechera local. Se ha pasado de importar 4.000 toneladas en 1993 a 25.000 en 2002. Pastrana bajó los aranceles del 20% al 6,9% y Uribe ha mantenido obviamente la misma política. Los 24 países más ricos del mundo invierten 370.000 millones en subsidios al sector alimenticio, 50.000 de ellos al sector lechero.

 9.-En 1930, inmediatamente después de la crisis del 29, 80 millones de personas pasaban hambre en el mundo. Hoy son 800 millones.

 10.-Los consumidores españoles gastaron en el año 2000 251.259 millones de euros; es decir, 478.042 euros por minuto. Los incrementos de los últimos cuatro años permiten calcular que el año pasado los consumidores españoles gastaron cada minuto más de medio millón de euros.

 

Las historias y los ejemplos se podrían multiplicar al infinito, pero baste esta pequeña rapsodia para convocar una imagen. Volvamos ahora a la tinaja mágica de Wang, a su capacidad para producir ilimitadamente y a su incapacidad para hacer diferencias.

El capitalismo, que genera historias como las arriba encadenadas, no sólo reproduce una economía sino que, para hacerlo, tiene que construir o reformar una psicología y una sociedad; es, por decirlo con Kafka, "al mismo tiempo un estado del mundo y un estado del alma". Ese "doble estado" -objetivo y subjetivo- se levanta, como su condición y su motor, en el hambre libre y universal, el cual ilumina, apenas cambiando una sola letra, la inversión y negación del objeto mismo de las declaraciones de Derechos del Hombre.

En otros textos e intervenciones he tratado de explicar de un modo sencillo la singularidad antropológica del capitalismo. A partir de la observación del historiador inglés Eric Hobsbawn, según la cual el verdadero acontecimiento del siglo XX habría sido el fin del neolítico, he tratado de exponer esta ruptura como un restablecimiento hiperindustrial de las condiciones más primitivas, como un retroceso sobrehumano al paleolítico. Veamos. Mientras ha durado el neolítico, hay algo muy básico, muy esquemático, pero en definitiva muy serio, que han compartido todas las sociedades de la tierra, con independencia de sus diferencias ideosincrásicas y de sus fricciones de sentido. Todas las sociedades de la tierra han aceptado que hay tres formas de tratar las cosas o tres clases de cosas, según se las aborde con la boca, con las manos o con los ojos. Digamos que mientras ha durado el neolítico todos hemos distinguido, más allá de las convenciones y arbitrariedades taxonómicas, entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar.

Las cosas de comer u objetos propiamente de consumo ciñen el reducto del hambre. Los "comestibles" o "consumibles" son aquellos entes que no llegan nunca a tener suficiente consistencia ontológica porque su aparición es casi simultánea a su desaparición; no llegan a ser cosas porque su cumplimiento es su destrucción y nunca llegan a salir, pues, de la naturaleza de la que proceden. El alimento es el medio inmanente de la supervivencia biológica y el hambre, siempre renovada, siempre ilimitada, siempre encima del objeto, siempre con el objeto dentro, siempre rápida, siempre imparable, siempre individual, siempre presente, define el ámbito de los ciclos y repeticiones naturales, del trabajo penoso y la reproducción sexuada contra el que los griegos trataron de construir un espacio público. Para los griegos, en efecto, la ausencia de límites asociada a la pura supervivencia (apeirón) era subhumana, impropia de una "vida buena", y la confinaban por eso en el gineceo y en la ergástula, lugares de la pura reproducción de la vida a partir de los cuales imaginaron los castigos infligidos a los condenados en el Hades (Sísifo, Tántalo, las Danaides, Erisictión). Al contrario que el arte o la política, el hambre es privada (idiotés) y no ocupa ni reclama ningún espacio común. Para que una manzana esté en algún lugar hay que pintarla; para que esté fuera y podamos verla hay que dedicarle un poema. Ver es renunciar a comer. Comun-icarse es renunciar al canibalismo. En su sentido más amplio -guerra, sexo, alimento-, el hambre es la victoria de lo que Freud llamaba el ello.

Las cosas de usar u objetos fungibles son el resultado y la causa de una mediación entre el hombre y la naturaleza a partir de la cual el flujo biológico se convierte propiamente en un "mundo"; es decir, en una exterioridad frente a la cual el hombre toma conciencia de sí mismo. Los instrumentos salidos de la mano y los utensilios que producen, dotados de forma, introducen depósitos materiales de memoria y pro-yectos organizados que mantienen al hombre en una perspectiva temporal continua en ambas direcciones. Usar un objeto es recordar con los dedos el conocimiento y las relaciones sociales -cristalizadas en tradiciones, enseñanzas y ceremonias comunes- que lo han producido y que él determina. Pero usar un objeto es olvidar también su presencia objetiva y que este olvido, fruto de la proximidad del cuerpo, lo desgaste, lo erosione, lo envejezca. En otras sociedades el uso, que devuelve lentamente el objeto a la naturaleza de la que procede, aprecia y valoriza -como soporte de personalidad añadida- el objeto usado.

Tenemos finalmente las cosas de mirar o "maravillas" (del latín mirabilia, literalmente "cosas dignas de ser miradas"). Todos los pueblos de la tierra han decidido colectivamente, en una especie de plebiscito cultural ininterrumpido, renunciar a comerse y al mismo tiempo inutilizar ciertos objetos que por esto mismo, en algún sentido, religiosos o no, tendrán un valor sagrado: objetos de culto, edificios públicos, monumentos, obras de arte y también criaturas de la ciencia (desde los números a las estrellas). Al contrario que las cosas de comer o las de usar, las maravillas no están aquí, no están en mí, sino ahí, lejos del alcance de la boca y de las manos. Que no estén al alcance de la boca ni de las manos no significa que estén sólo al alcance de la mente; al contrario, si están al alcance de la mente es porque, estando ahí y no aquí, están al alcance de todos. Eso es lo que quiere decir el bellísimo y rotundo verbo impersonal "hay" (el "había una vez" con el que todo cobra existencia en los cuentos), fuente de toda objetividad y de toda comunidad. La importancia del monumento no estriba en su significado histórico sino en que genera la distancia a partir de la cual podemos mirarlo; la estatua produce la plaza, funda el espacio donde se reúnen los hombres, se reconocen recíproca existencia y se conceden el mínimo de igualdad y de diferencia para el intercambio. A partir del "hay", por oposición al "fluir", se construyen los "símbolos", en su sentido griego original; es decir, la posibilidad del contrato, la comunicación y la copertenencia: la posibilidad misma de todo conocimiento y de todo acuerdo. Las "maravillas", que nos detienen en el camino, son la garantía última contra el solipsismo; su sola existencia al alcance de la vista presupone las condiciones de una estructura mental compartida, de un espacio público mental en común; a partir de esas condiciones se podrá o no hacer política, pero sin ellas -sin las maravillas- toda política (buena o mala), como toda cultura (mejor o peor), será sencillamente imposible. Es a eso, en términos muy groseros, a lo que Kant llamaba "juicio".

Pues bien, el capitalismo es el primer orden económico-social que no reconoce esta diferencia. Es la primera sociedad de la tierra que no distingue entre cosas de comer, cosas de usar Es la primera sociedad históricamente conocida que trata por igual una manzana, un hombre, un martillo y una catedral.  y cosas de mirar.Es el primer régimen de producción e intercambio que convierte todos los entes por igual –pan, coches, semillas, ciudades y las propias imágenes de estas cosas- en comestibles. Es a esto a lo que llamamos “privatizar” la riqueza; es decir a idiotizarla –según la etimología griega- a la medida del hambre, siempre inmanente y circular. Es a esta locura a lo que llamamos “consumo” como característica paradójica de una civilización que se juzga a sí misma en la cima del progreso: comerse una mesa, comerse una casa, comerse una estatua, comerse un paisaje. Pero una sociedad que no distingue entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar, porque se las come todas por igual, es una sociedad primitiva, la más primitiva que jamás haya existido, una sociedad de pura subsistencia que necesita convocar toda la riqueza del mundo y emplear todos los medios tecnológicos –ellos mismos objetos de consumo- para su estricta y desnuda reproducción biológica.

La indiferencia, insuficiencia e ilimitación del hambre se materializa en la forma mercancía, cuya máxima perfección exige que la aparición y desaparición del objeto coincidan en un solo acto. Las armas, mercancías ideales que sólo pueden usarse una vez o cuyo uso tautológico –más aún- puede consistir en su pura acumulación ilimitada, son el metron o medida de todas las mercancías; la aceleración del proceso de renovación del mercado, la velocidad creciente del vaivén acumulación/destrucción, con el lubricante de la obsolescencia inducida, convierte todas las cosas en puros pasajes o transiciones inasibles para el uso.

 En este sentido la semilla Terminator de la casa Monsanto cumple y simboliza el destino natural de toda mercancía como un mondo vehículo de autodestrucción. Pero al mismo tiempo las armas, que destruyen lo que miran y al mismo tiempo que lo miran, son también la medida del consumidor hiperindustrial: el consumidor destruye con los ojos el objeto de su deseo y la mirada se convierte así en un puro órgano de digestión. El filósofo francés Bernard Stiegler ha llamado la atención sobre la hegemonía de los objetos temporales sobre los objetos espaciales en el horizonte de una percepción dominada por la industria de la reproducción de imágenes (televisión, informática, el acontecimiento en tiempo real), pero no se trata, a mi juicio, de un simple desdoblamiento fantasmático sino de una radical desontologización del mundo. No es que los objetos temporales dominen sobre los espaciales sino que los objetos espaciales, transformados todos en mercancías y sometidos a una aceleración secuencial vertiginosa –un empujón temporal a su finitud- han acabado por devenir todos ellos objetos temporales: las mesas, las catedrales, los teléfonos, las lavadoras, los cuerpos mismos, pasan, como las notas de una melodía. No es que las imágenes hayan acabado por desplazar a las cosas sino que las cosas mismas, renovadas a una velocidad incompatible con el uso y con la mirada, se vuelven todas ellas imágenes: imágenes de sí mismas que desfilan y sucumben –aparición/desaparición- a un ritmo acelerado, como en una secuencia de cine. Una imagen no es más que una cosa acelerada, perecida, comida, y las imágenes televisivas son en realidad imágenes de imágenes exteriores, de manera que la lavadora o el teléfono móvil se ofrecen como publicidad de sí mismos, y no como objetos de uso, y la publicidad de la lavadora o del teléfono móvil, orientada a seducir la mirada, es sólo un comestible más. La utopía amorosa de la mística y militante Simone Weil, según la cual “más allá del cielo, en el país habitado por Dios, comer y mirar serían una misma operación”, la ha hecho realidad también el capitalismo, como todas, y una vez más volteada, torcida o pervertida, como una maldición y no como una gracia. Simone Weil pensaba en un alma con labios; el capitalismo ha construido una mirada con dientes que se come también con los ojos, desprovistas radicalmente de existencia, las imágenes que previamente se ha comido con la boca. La realidad no ha sido derrocada en la televisión sino en el mercado.

Las mercancías son, pues, armas de destrucción masiva, armas que se autodestruyen en el acto mismo de su nacimiento y que destruyen así tanto la “cosa” que llevan dentro como al hombre que la ha producido. Una sociedad de consumo no es una sociedad de intercambio generalizado, como se dice, sino de destrucción generalizada. Una sociedad de consumo no es una sociedad de abundancia, como se pretende, sino una sociedad de miseria total. Su propia necesidad de producción ilimitada y su propia incapacidad para hacer diferencias la convierte en la primera sociedad de la historia sin cosas y, por lo tanto, en lo contrario de un “mundo”. El capitalismo es un nihilismo.

Como la tinaja de Wang, el capitalismo no hace distinciones entre cepillos, monedas y cadáveres. Pero no sólo no hace diferencias entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar; no sólo no hace diferencias entre bienes universales, bienes generales y bienes colectivos; tampoco puede hacer diferencias –por eso mismo- entre guerra y paz, entre derecho y violencia, entre inocentes y culpables, entre civiles y militares, entre accidente y atentado, entre verdad y mentira. Y ninguna Cruz Roja, ninguna Amnistía Internacional, ningún Estado de Derecho, ningún Observatorio de Medios, ni en la periferia ni –llegado el caso- en los centros capitalistas, podrá impedir que estas diferencias dejen de ser operantes.

La tinaja mágica de Wang, que necesita producir y destruir ilimitadamente y que no puede hacer diferencias, es el capitalismo. Pero no es mágica. La tinaja es la tierra y los hombres que la pueblan; y ni la tierra puede ser explotada sin límite ni los hombres pueden ser ininterrumpidamente atropellados sin que opongan resistencia.

Sin límites no hay cosas; ni tampoco hombres. Déjenme que les cuente ahora otra historia que dejé antes en el fondo de la tinaja de Wang.

En marzo del 2001 la compañía petrolífera AGIP, quinta refinadora de Europa, con un capital invertido en todo el mundo de 4616 millones de euros, que ha visto aumentar sus beneficios en los últimos ocho años en un 297% y con capacidad para producir 850000 barriles diarios, firma un contrato con las comunidades huaorani de Ecuador, a las que, a cambio de ceder parte de su territorio para prospecciones petrolíferas en la región de Pastaza, se compromete a entregar –literalmente- “50 kilos de arroz y 50 de azúcar, dos cubos de grasa, una bolsa de sal, un silbato de árbitro y dos balones de fútbol, quince platos, quince tazas y un armario con 200 dólares en medicinas en una única partida” (denuncia hecha por Acción Ecológica de Ecuador).

De entrada, esta historia muestra sin duda hasta qué punto las multinacionales del capitalismo globalizador constituyen la prolongación natural –mental y material- de la empresa colonial iniciada en América hace 500 años; y, como su prolongación natural, los agentes de la nueva colonización transportan la misma mentalidad contable, la misma visión despectiva del otro que sus predecesores. Los directivos de la AGIP concebían esta infame operación como un intercambio desigual entre –por un lado- hombres maduros, pragmáticos y respetables y –por otro- un puñado de indígenas atravesados en el camino del progreso cuya ignorancia e ingenuidad infantil iba a encontrar satisfacción en una poquitas cosas concretas. ¿Poquitas? ¿Cuál habría sido un precio justo y suficiente por ceder su territorio? Hoy sabemos que los hourani de Pastaza rechazaron la oferta y siguen luchando por sus tierras, pero si denunciaron entonces el contrato no fue porque las cosas ofrecidas por la AGIP fueran pocas sino porque de nada sirven las cosas si se ha perdido la tierra. Pero, bien mirada, la oferta desproporcionada de la compañía italiana tiene una vertiente muy bonita y rinde en realidad homenaje a ese indígena imaginario que no podía dejar de aceptar el trato y a su pequeño mundo medido y atinado.

 ¿Se hubiesen dejado engañar de haberse dejado engañar? ¿Quién se engaña cuando cambia una taza para beber café por 850.000 barriles de petróleo? Hay una perspectiva antropológica inconsciente, y también una auto-acusación ignorada, en el desprecio mercantil de la AGIP. Los términos del acuerdo exponen de un modo ejemplar la oposición irreconciliable entre dos sistemas de proporciones y dos condiciones antropológicas, entre el “no mundo” y el mundo, entre el “fluir” y el “haber”, entre la miseria de la abundancia y las “cosas” de la pobreza. Hay que estar muy desesperado y muy hambriento para querer apoderarse a toda costa, sin desdeñar el engaño o el crimen, de más tierras, más petróleo, más casas, más televisores, más coches, más riqueza virtual; y hay que estar muy satisfecho, muy tranquilo, muy bien pertrechado, hay que valorar mucho las criaturas y los límites, hay que medir muy bien las ventajas de los objetos para apreciar el tesoro de quince tazas y un silbato de fútbol. Entre un crecimiento del 297% y un balón, unos platos y unas medicinas, la razón, la imaginación, la moral, la salud y la poesía no tienen dudas. Entre un crecimiento del 297% y un cuenco de arroz, cualquier hombre sensato elegirá el arroz. El contrato ofrecido por la AGIP a los hourani de Pastaza revela al mismo tiempo la desmesura abstracta del capitalismo y la hechura concreta del mundo emancipado, la fuerza irrealizante de la globalización realmente existente y el contenido exacto de la civilización utópica por la que hemos de luchar: unas tazas, unos platos, alimentos con que llenarlos, un balón para jugar, algunos antibióticos y cuatro o cinco cosas más. El contrato racista de la AGIP es en realidad un programa de liberación; el indígena hourani despreciado por sus directivos –capaz de apreciar una taza y de disfrutar haciendo sonar un silbato- se parece bastante al hombre socialista, tal y como yo lo concibo; es decir, al hombre normal que hay que conquistar y que el capitalismo está a punto de superar para siempre.

Llamemos “hombre” –en virtud de un acuerdo, si se quiere, convencional- a esta criatura finita, aproximada, irregular, bastante lenta, capaz de hacer diferencias elementales, que desprendió el neolítico y ahora está a punto de extinguirse junto con once mil especies de animales y plantas. El contrato ofrecido por la AGIP revela precisamente este combate contra el hombre, la contradicción insalvable entre dos modelos sociales y psicológicos que yo he resumido numerosas veces con la fórmula: “poco es bastante; mucho es ya insuficiente”.

El hombre es poco; es decir, bastante: esa reducida constelación de objetos (y las condiciones que las garantizan) que permite mantener abierto un “mundo”. Por debajo y por encima de ese nivel hay infrahumanidad y sobrehumanidad e infrahumanidad y sobrehumanidad coinciden en que a ambas les faltan siempre cosas. La cotidianeidad social del capitalismo es la de un sistema que mantiene a la mayor parte de la población por debajo de la humanidad mientras retiene a una minoría local por encima de ella: en uno y otro lado, por debajo y por encima del hombre, domina el hambre generalizado. El infrahumano tiene hambre; el sobrehumano tiene más hambre. La abundancia capitalista es tan miserable como la miseria que provoca en sus vastas periferias; ha superado ya ese nivel a partir del cual la vida es siempre y sólo una permanente carencia. La así llamada sociedad de consumo es una sociedad que se fundamenta en, y se explica por, lo que todavía no tiene.

El capitalismo sitúa permanentemente al hombre por debajo y por encima de sí mismo, se reproduce sin descanso produciendo infrahumanidad y sobrehumanidad. La pregunta que se impone naturalmente incluye, pues, una doble cuestión. ¿Cuántas cosas tiene que conquistar un africano o un latinoamericano para llegar a ser un hombre? Pero también: ¿cuántas cosas hay que quitarle a un consumidor europeo o estadounidense para que vuelva a ser un hombre? En términos puramente contables –en número de cosas- la pobreza está mucho más cerca de la mesopotamia o línea media de la humanidad que la riqueza.

El hambre no sólo marca la existencia biológica del llamado Tercer Mundo sino también la consistencia estética y psicológica del occidente presuntamente desarrollado. En algunos –muchos- lugares de la tierra el hambre es una forma de morir; en otros, los menos, el hambre es una forma de comer, de vestir, de hablar, de pensar, de mirar, de escoger.

El hombre, decíamos, es poco, es bastante: una memoria finita, una imaginación finita, una razón finita, un cuerpo finito, un hatillo de cosas finitas. No se puede entender, pues, en qué consiste la psicología del hambre que caracteriza al consumidor capitalista sin explorar previamente el triple colapso que la ausencia de cosas de la abundancia opera sobre la memoria, la imaginación y la razón. Me detendré brevemente en estos tres puntos.

La estética y la psicología de la abundancia giran en torno al concepto de novedad. La renovación permanente de las mercancías, que convierte los objetos espaciales en objetos temporales, barre del mundo todos los depósitos materiales de memoria: vivimos en la primera civilización de la historia que no deja “ruinas”, que se reconstituye hasta tal punto deprisa que no deja ni siquiera “restos” o “fósiles” que sirvan de testimonio de un estilo muerto o de un camino abandonado. Como decía el sociólogo estadounidense Richard Sennet, de la Nueva York de fibra óptica y cristal quedarán en el futuro muchas menos huellas que de la Roma Imperial. Al mismo tiempo, la continuidad temporal queda fragmentada en un desfile de acontecimientos-mercancía, desplazados y negados por su propia singularidad advenediza, sin aufhebung posible, y que se suceden de manera tan rápida que en realidad no suceden nunca (ni en ningún lugar). El carácter “histórico” de todos los acontecimientos (“una final histórica”, “una boda histórica”, “un acuerdo histórico”, titulan todos los días los medios de comunicación) entraña la abolición de la historia misma; los acontecimientos caen del cielo, fuera de toda genealogía, sin inscribirse ya jamás en esa cadena de causas y efectos que los conecta entre sí y a nuestro presente. El fetichismo de la mercancía en relación con el tiempo se llama “noticia” (“nouvelle” en francés, “nueva” en castellano antiguo). Paradójicamente, nuestra capacidad sin precedentes para archivar tecnológicamente el pasado es inseparable de nuestra incapacidad para recordarlo y, más importante, para vivirlo. La repetición de la novedad, la novedad como repetición, característica del presente perpetuo del hambre, ha acabado por aplastar toda perspectiva y toda profundidad temporal. No tenemos pasado, no tenemos historia, no tenemos apenas biografía; somos nuevos cada mañana en una renovación ininterrumpida que aspira trágicamente a una sincronía de destrucción con el objeto del deseo. El instante –guisante- es la agonía de un punto intenso que no puede durar.

Pero la cara incusa de la novedad, su revés tenebroso, es la caducidad, el terror también permanente a la obsolescencia anidado en la psicología del consumidor. La obsolescencia está inscrita en la ley misma de la renovación acelerada de las mercancías como su amenaza y su elipsis. Es ya lo único reprimido en una cultura sin sublimación, el último puritanismo en una sociedad que ha liberado el ello bajo la luz del sol. Es el último fantasma de un cuerpo enteramente profano, sin sombras ni rendijas: la duración, la corrupción material, la mancha irreversible contra la que no hay posible jabón. La obsolescencia se convierte en la maldición de un cuerpo que, frente al mercado, como frente a la máquina, es siempre viejo, caduco, limitado, primitivo, imperfecto. La estética y la psicología del consumidor implican (consisten en) una permanente lucha, titánica y finalmente inútil, contra la obsolescencia insidiosa, contra la memoria incrustada en el cuerpo, contra el tiempo latente, sordo y repentinamente explosivo. Necesita ocultar, borrar, reprimir los muertos que lleva dentro y los que produce en el exterior. La estética del consumidor es la estética de la eternidad ilusoria, el rechazo tecnológico, aparatosísimo, materializado en artilugios y rituales, de la vejez y de la muerte: el alumbrado nocturno de las grandes ciudades, por ejemplo, que destierra las sombras amenazadoras de los callejones y oculta las estrellas, testigos de nuestra finitud, revela todo el derroche ecológico que acompaña a una ansiedad enfermiza. Hay que quemar el mundo para proclamar el triunfo ilusorio sobre la muerte mediante un Mediodía Perpetuo. En este sentido, la estética del mercado comparte este rasgo con todas las ideologías imperiales que, desde la Roma de Augusto al III Reich alemán, han predicado y escenificado la sobrehumanidad de los hombres: la afirmación –es decir- de la propia eternidad asociada a ceremonias materiales de exhibición espectacular. El triunfo romano o las paradas militares organizadas por Hitler, teatros vivos destinados a representar la invulnerabilidad e inmortalidad del Imperio, tienen hoy su equivalente industrial en el ininterrumpido espectáculo de las vallas publicitarias, los escaparates comerciales siempre nuevos y las luces siempre encendidas, como el fuego de Vesta, de las grandes avenidas. En realidad los anuncios de coches, perfumes, electrodomésticos, cosméticos o comidas preparadas no hacen publicidad de productos concretos; hacen publicidad de la eternidad del sistema. Dentro de él, cada individuo es a su vez un imperio inmortal que refleja y reproduce la ilusión total, nutrida desde fuera por la muerte tranquilamente asumida de millones y millones de hombres.

Pero no sólo se trata de la memoria. El filósofo alemán Gunther Anders alertaba en 1980, pocos años antes de su muerte, sobre el verdadero peligro que acecha hoy a la civilización humana y sobre la nueva fuente de culpa e inmoralidad: “no la sensualidad ni la improbidad ni la relajación de costumbres, ni siquiera la explotación, sino la falta de imaginación”. Asociada a sus ojos al desarrollo tecnológico capitalista cuyo punto de no retorno lo constituye la siempre olvidada Hiroshima, Anders exploró desde la década de los 50 lo que él llamaba “declive prometeico” para señalar la desproporción existente entre nuestras acciones y nuestras representaciones, entre lo que somos capaces de hacer y lo que somos capaces de imaginar. La relación entre el dedo banal que libera la bomba y los 200.000 muertos cinco mil metros más abajo, en medio de una orquídea de humo, resulta inconcebible para una imaginación finita, suspendiendo así la conmensurabilidad empírica del orden moral neolítico. Esta fractura o desproporción –el “declive” entre el hombre y sus productos- se traduce psicológica y socialmente en la agnosia, término que Anders rescata de la psiquiatría para describir la incapacidad del hombre, inscrita en la consistencia material del mundo y en su mediación tecnológica, para reaccionar de un modo moralmente proporcionado frente a las consecuencias de sus acciones. El caso de Hiroshima es ejemplar: mientras que Claude Eatherly, el piloto que señaló la ciudad como objetivo del primer ataque nuclear, acabó encerrado en un manicomio militar por sus “sentimientos de culpa” y tratado como un enfermo y un criminal, los otros “héroes” de Hiroshima recibieron y aceptaron homenajes populares, el coronel Thibet, al mando del Enola Gay, se mostró orgulloso de su acción y se declaró dispuesto a repetirla y el presidente Truman, último responsable del bombardeo, al final de su vida sólo se arrepentía frívolamente de “no haberse casado antes”. A estos ejemplos de “colapso de la imaginación” –indiferencia normalizada, agnosia socialmente integrada- podríamos añadir hoy algunas decenas más con tan sólo asomarnos a las noticias y declaraciones relacionadas con la guerra de Iraq o con la reciente “invasión de España” por parte de los inmigrantes subsaharianos retenidos en jaulas y abandonados luego en el desierto. La imaginación finita del hombre, que opera horizontalmente de un particular a otro, a través de conductores concretos, no tiene capacidad para representarse de un modo ético y afectivo los excesos de una tecnología que mata desde el aire y en cifras inasimilables para la conciencia (según un modelo rutinariamente aceptado como disculpable o incluso humanitario frente al horror absoluto de Auschwitz); como tampoco puede “imaginar” –más allá de Anders- la conexión entre un acto banal y placentero (el consumo de carne o la compra de un nuevo teléfono móvil) y la muerte de millones de personas en Indonesia o en el Congo. La ilimitación del capitalismo, como la de la tinaja de Wang, desborda y colapsa esa imaginación neolítica que sólo sabe establecer relaciones entre concreciones analógicas inmediatas. En ese sentido, el éxito de las telenovelas o “culebrones” de la televisión se debe en parte a que sigue ofreciéndonos a los indígenas del Primer Mundo, cómo último reducto en medio de fuerzas abstractas descomunales, un universo antropológicamente reducido y familiar, una sociedad manejable a la medida de nuestra capacidad para juzgar y decidir, ya superada por la complejidad causal del mundo globalizado. La contradicción entre la “familiaridad” de los programas de televisión y la “impersonalidad” de las fuerzas que operan en el mundo, en las que nuestra imaginación no puede penetrar, explica por otra parte uno de los rasgos dominantes de la psicología del consumidor; es decir, máximo sentimentalismo y máxima indiferencia.

Obviamente, el colapso de la memoria y de la imaginación comporta el consiguiente colapso de la razón, la cual no puede funcionar a partir de puros objetos temporales que desaparecen en el acto mismo de su aparición (imágenes rapsódicas, presente puro, red sincrónica de gestos in-significantes) y a partir de los cuales no se puede forjar ningún concepto. Esta triple derrota neolítica –de la memoria, la imaginación y la razón- se traduce en un nihilismo estético-psicológico espontáneo del que podemos destacar rápidamente al menos tres rasgos:

- La agnosia o, más radicalmente, la imposibilidad de la experiencia. A los consumidores nunca nos pasa nada. Disueltos en el continuo presente del hambre, desbordados en nuestra capacidad de representación por la propia hechura tecnológica-mercantil de los acontecimientos, roto nuestro compromiso más elemental con la realidad por la propia sobre-complejidad de sus estímulos, los consumidores no necesitamos ya ser “engañados” o “distraidos”; no es que se nos “entretenga” o se nos mantenga “alienados” mediante manipulaciones más o menos sofisticadas y conscientes. Ya casi no es necesario. A los consumidores no nos falta conciencia sino experiencia. La in-diferencia, inscrita en la forma mercancía como en la tinaja de Wang, se convierte en la normalidad de la percepción, en sus síntesis interiorizada y natural. Por primera vez –podría decirse- una sociedad lo sabe todo y no experimenta nada. El “declive prometeico” entre lo que podemos hacer y lo que podemos imaginar es paralelo a este otro entre lo que podemos saber y lo que podemos sentir. ¿Qué tiene que pasar, qué tiene que haber pasado siempre ya para que, pase lo que pase, nunca pase nada, nunca nos pase nada? La característica de la sociedad capitalista hiperindustrial es precisamente la de que en ella no hay nada oculto, nada que sacar a la luz, nada que atraer a la superficie; la de que en ella –es decir- la realidad se oculta precisamente porque se muestra siempre a la vista. Marx, Freud, Nietzsche voltearon el forro de la historia y del psiquismo y lo extendieron bajo el sol. Ahora todo es superficie: lo sabemos todo, lo vemos todo, podemos desearlo todo sin sublimaciones ni rodeos: no nos ocurre nada. El capitalismo ha sobrevivido no sólo a sus resistencias y revoluciones; ha sobrevivido –más decisivo- a su propio autoconocimiento. Allí donde han colapsado la memoria y la imaginación, conocimiento y experiencia quedan definitivamente fracturados, en celdas discontinuas, y el aumento de la información es paralelo a una disminución de la experiencia. El totalitarismo del conocimiento va acompañado –y sólo por eso el capitalismo puede permitírselo- de un nihilismo de la sensibilidad. Bloqueado ese pasaje, de la información a la experiencia, queda asimismo desactivado el motor de todo cambio: la acción. En los centros hiperindustriales, el capitalismo necesita recurrir cada vez menos a la represión o a la manipulación: le basta con suprimir el sujeto mismo de la experiencia.

- La anomia o, más radicalmente, el colapso de la responsabilidad. La insistencia en el modelo Auschwitz allí donde domina en realidad la estructura Hiroshima mantiene la ilusión inoperante de una moral neolítica en la que el consumidor –como el piloto del F-16- no tienen nada que reprocharse. Nuestros actos disuelven su responsabilidad en una red de consecuencias complejas, aplazadas e inimaginables, cuyas conexiones ya no pueden establecerse con la simplicidad etiológica que regula la relación entre un cuchillo y un cadáver. Matar desde el aire, matar desde el supermercado, matar desde la televisión, matar con un dedo, matar con un voto, matar con un tenedor, son finalmente incidencias meteorológicas en el seno de una naturaleza autogestionada (el mercado) en la que nunca pasa nada y que está ocupada sin centro por el heredero de Dios; es decir, Nadie. Sin memoria para encadenar el tiempo ni imaginación para conectar el espacio, la psicología del consumidor se abandona a la inocencia terrible de la discontinuidad libidinal, a la sincronía ingenua y destructiva del ello y del objeto del deseo. Claude Eatherly fue una anomalía en el régimen normalizado del “declive prometeico”; a causa de un exceso de imaginación, de una especie de santidad o heroísmo visual, experimentó al mismo tiempo el dolor de los otros y su propia responsabilidad. Pero Thibet y Truman eran desgraciadamente normales y medían desde el neolítico acciones impuestas desde la sobrehumanidad y cuyas consecuencias se extraviaban también en un medio sobrehumano. Auschwitz puede ser inexplicable, pero es en cualquier caso imaginable y, por lo tanto, punible. La estructura Hiroshima –que es la estructura misma del mercado- desborda toda imaginación y convierte de hecho a los consumidores en inocencias banales exentas de toda responsabilidad. El “declive prometeico”, en definitiva, impone la necesidad de una nueva penalidad y de una nueva moralidad fundada –como expresa el título de un libro de Anders- “más allá de los límites de la conciencia”.

- La afasia o, más radicalmente, la imposibilidad del contrato. Si el sujeto ya no es ni sujeto de experiencia ni sujeto de responsabilidad, ¿qué es? La transformación de todos los objetos espaciales en objetos temporales y la sincronía entre el flujo de la conciencia y el flujo del tiempo social, ceñido a la sucesión de imágenes y de mercancías, conduce a lo que Bernard Stiegler denomina “miseria simbólica”; es decir, a la suspensión del “principio de individuación” y con él a la imposibilidad de una convergencia trófica en el mundo común. La sociedad de consumo, considerada la más individualista de la historia, consiste paradójicamente en una negación ininterrumpida de las condiciones de toda individuación de la memoria y la experiencia a favor de una simple hiperinflación de egos estereotipados, cerrados e idénticos como mónadas e incapaces por eso mismo de constituir una “comunidad”. El “sujeto” ha sido definitivamente sustituido por un ello industrialmente formateado en su aislamiento: un ello que discurre al mismo tiempo que el flujo de los entes y el de los otros ellos y que sólo comparte con los demás su radical falta de consistencia (otro término muy stiegleriano). Una sociedad de consumo es una sociedad en la que el aislamiento absoluto viene determinado por una integración también absoluta: el hecho de que todos miramos por separado al mismo tiempo las mismas cosas que pasan. El “yo” en la época de su reproductibilidad técnica agota todo su contenido en una privatización en serie del estereotipo. La psicología del consumidor es un acto de guerra permanente contra los otros (contra el “nosotros”) porque constituye, más abajo, un acto de guerra contra las condiciones mismas del contrato social, de la credibilidad y del lenguaje. Eso es lo que quiere decir miseria “simbólica”, la pobreza estructural para la producción de “símbolos”; es decir, para la construcción de consistencias y co-pertenencias a partir de la actividad de egos diferenciados. Incluso si no matásemos desde el aire y desde el televisor, desde el supermercado y con el tenedor, incluso si ninguna imaginación santificada pudiese establecer el mapa de las conexiones mortales entre la banalidad cotidiana de Occidente y la destrucción del resto del mundo, incluso si pudiésemos permitirnos nuestros hábitos y nuestros gustos, el dominio del ello industrial en el mercado comporta de hecho, en cada una de sus manifestaciones, un atentado contra el marco de entendimiento entre los hombres. Incluso si esa estética y esa psicología no multiplicara, como la tinaja de Wang, los cadáveres, mataría en todo caso la estructura misma –psicológica y política- de eso que convencionalmente hemos llamado “hombre”.

A “la opción preferencial por los pobres”, a la “opción preferencial por los otros” que predicaba Martín-Baró se opone “la opción preferencial por el ello”, que es la opción de todo un orden social y material sostenido por multinacionales, ejércitos y… psicólogos. La sociedad de consumo, en efecto, es una sociedad psiquiatrizada de arriba abajo en la que especialistas tutelan y acompañan a este individuo industrial desde su nacimiento hasta su muerte; prueba, sin duda, de la insostenibilidad mental del consumidor, pero acusación también contra los psicólogos y psiquiatras, los cuales han aceptado por convertirse en algo así como abogados del ello a la medida de la sincronización de las conciencias en el mercado. Tengo que acabar y apenas si puedo ya apoyarme en la lectura de Egolatría, un libro extraordinario escrito por el psiquiatra español Guillermo Rendueles, para señalar la singular coincidencia entre los tres rasgos arriba mencionados (agnosia, anomia y afasia) y los resultados de la práctica psiquiátrica occidental, tal y como él los denuncia. Los resumo a continuación con alguna libertad verbal:

- Desdramatización de los acontecimientos. Después de un divorcio, antes de un examen, como consecuencia de un accidente, un fracaso laboral o una pérdida irreparable (la muerte, por ejemplo, de un ser querido), la presencia automática del psiquiatra o del psicólogo está destinada a bloquear la experiencia individual y social del "duelo", cuya lenta maduración amenaza con ralentizar o entorpecer la "restauración" del yo flexible reclamado por la sociedad post-moderna. Como con los 3.000 muertos de Macondo, nunca pasa nada, a uno nunca le pasa nada de lo que deba extraer una lección, conservar un recuerdo o deducir una acción. En una caricatura extrema, podríamos decir que incluso el asesino es conducido al psiquiatra, no para que éste valore la concurrencia de factores psicológicos en la comisión del delito, sino para que no se "traumatice" por lo que ha hecho.

- Irresponsabilización de la conducta. Si no pasa nada, las cosas no las hace nadie y las acciones no se examinan a la luz de una instancia decisoria (sujeto ético o psicológico) sino del placer que reportan: del derecho a la "realización personal" a remolque de los sucesivos "yo" contextuales y superficiales, sin costuras causales, que se suceden en el cuerpo y de los "deseos" que los dominan. El psiquiatra, que bloquea el "duelo", normaliza la ausencia de sujeto como rutina del derecho postmoderno. La responsabilidad queda reservada para los pueblos no occidentales y, en Europa y los EEUU, para los fumadores.

- Privatización del conflicto. En un texto anterior (incluido en un libro todo él recomendable, IKE, retales de la reconversión, de Ladinamo Libros, 2004), Guillermo Rendueles había demostrado de un modo inobjetable, a partir del caso de las trabajadoras de IKE encerradas en la fábrica en defensa de sus puestos de trabajo y luego conducidas a su consulta como víctimas de distintos "trastornos" y "desórdenes" neuróticos o depresivos, había demostrado -digo- la envidiable salud mental de unas mujeres cuyo "malestar" se presentaba, y adquiría rasgos "privados", como consecuencia de una derrota colectiva. El psiquiatra -en este caso el propio autor- se veía obligado a tratar como un desarreglo psicológico y privado un problema político y colectivo cuya solución sólo podía ser, por tanto, política y colectiva y cuyo carácter político y colectivo (el del problema y el de la solución) era ignorado por las propias pacientes, las cuales acudían angustiadas al consultorio para una "reconversión" individual. La psiquiatrización masiva de la población, de un modo premeditado o no, funciona de hecho como una privatización institucional del conflicto político, mediante la cual se "psicologiza" el paro, el trabajo precario, la explotación laboral y el llamado mobbing o "acoso psicológico" de los empleados. Una sociedad reducida a los puros vínculos privados -contratos bilaterales cada vez más fugaces- y tutelada por una tropilla de mecánicos-psicólogos es una sociedad en la que finalmente -cito experiencias desgraciadamente reales- el sindicato de una empresa defiende a sus afiliados de los malos tratos del jefe costeándole una terapia o regalándole un "manual de autoayuda" y los empleados de una institución aceptan como creativa y eficaz la propuesta de masajearse recíprocamente los pies en las horas de descanso para combatir el estrés.

Las conclusiones son claras: si la liberalización del hambre, la privatización de la mirada y la “miseria simbólica” que la acompañan son al mismo tiempo la respuesta y la causa del nihilismo capitalista, incapaz de hacer diferencias entre cepillos, monedas y cadáveres, la “salud mental” pasa necesariamente por una recuperación –precisamente- de la experiencia, la responsabilidad y la comunidad. Esa, creo, era de alguna manera la propuesta de Martín-Baro. La verdad ni cambia nada ni cura a nadie. ¿O sí? La verdad es no sólo curativa sino también transformadora de las condiciones del mundo sólo cuando reúne, agrupa, socializa, frota, funde y solivianta las desdichas privadas.

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600

¿De qué va la globalización capitalista?

¿De qué va la globalización capitalista?
Ecologistas en Acción
Marzo 2004

¿De qué va la globalización capitalista?


Vivimos inmersos en un mundo de crecientes desigualdades que se encamina hacia una crisis ecológica sin precedentes. La causa es la actual fase del capitalismo: la globalización, en la cual el principal valor por el que se rigen el mundo es el del beneficio económico a corto plazo. Así, desde el poder se han tomado los anhelos de grandes capas de la población de globalizar las relaciones humanas, utilizándolos para desarrollar la cara más brutal del capital. A continuación se describe someramente en que consiste la globalización económica.

Economía productiva

A escala planetaria existe una distribución de la producción. La Periferia exporta materias primas y manufacturas intensivas en mano de obra y el Centro productos de alta tecnología, producción inmaterial (como la cultural) y productos alimentarios primarios. Pero los productos de la Periferia han ido bajando de precio paulatinamente, mientras que con los del Centro ha ocurrido lo contrario. El control de los precios se realiza mediante: proteccionismo (de los productos del Centro frente a los de la Periferia), dumping (median-te la subvención o producción a gran escala), y los monopolios (el más importante es el de la tecnología, sustentado por las patentes).

Economía financiera

Actualmente el dinero que se mueve en bolsa es mucho mayor que el que se mueve mediante la compraventa de mercancías. En la bolsa se intercambian principalmente: moneda (con mucho el mercado más importante), acciones de empresas, y deuda pública (todos los estados del mundo funcionan en base a préstamos, que serán a un interés menor cuando más fiable sea el país). De este modo, las economías ya no dependen tanto de cómo vaya su producción, sino de la muy volátil fiabilidad de los estados para los inversores, y de las posibilidades de los grandes capitales de hacer negocios a costa de cualquier cosa.

Instituciones claves de la globalización

Fondo Monetario Internacional (FMI) y Banco Mundial (BM): El objetivo del FMI es conseguir que los países del Periferia puedan seguir pagando su deuda externa, y creen las circunstancias político-económicas para que las empresas del Centro puedan seguir controlando la producción mundial. Así, el FMI trabaja en coordinación con el BM y plantea las condiciones que debe cumplir un estado para obte-ner un crédito del BM o de él mismo (las vemos más abajo). Las dos instituciones están controladas por los países centrales, ya que en ellas el número de votos es función del dinero que se aporta.

Organización Mundial del Comercio (OMC): Su finalidad es promover a escala planetaria la liberalización económica. En la OMC cualquier estado miembro o empresa puede denunciar políticas de otro estado que considere que restringen el libre comercio. La OMC también está controlada por el Centro, aunque tome sus decisiones por unanimidad, ya que éste hace valer su capacidad de presión y chantaje.

Organismos regionales: La Unión Europea, y otras organizaciones similares, tienen su razón de ser, por encima de las retóricas, en la búsqueda de un mercado unificado a escala interna, que permita a las mul-tinacionales y gran capital de los países dominantes proyectarse hacia el exterior, con la ganancia de po-tencia que se deriva de la ampliación de su mercado doméstico.

Multinacionales: Han ganado mucho peso frente a los estados, no sólo porque tienen el mismo estatuto en organismos como la OMC, sino también porque su capacidad económica los rebasa. Además, su in-terrelación con el poder político los hace indistinguibles en muchos casos.

Ejércitos: Hay que destacar a la OTAN y al ejército de EEUU. Los ejércitos están siendo utilizados para imponer el capitalismo global (allá donde los medios políticos no bastan), para contener rebeliones (cuando las desigualdades hacen que se terminen produciendo estallidos violentos), y como valedores de la seguridad para el capital (requisito imprescindible para que el sistema siga funcionando).

Políticas que se están implantando para hacer posible la globalización

Bajada arancelaria: Para que la economía funcione a escala global se está imponiendo una bajada aran-celaria en la Periferia (las importaciones en estos estados no se ven encarecidas por impuestos aduane-ros), pero no así en el Centro. Así las multinacionales se están haciendo con los mercados de la Perife-ria, destruyendo la economía local. Además se están aumentando las emisiones de CO2, la construcción de infraestructuras o el sobreempaquetado de los productos.

Control de la inflación: Responde a la necesidad de que los precios de las cosas se mantengan dentro de unos márgenes previsibles para que funcione el mercado global. Esto se hace aunque se esté destru-yendo empleo, por ejemplo.

Desregulación de mercados financieros, libre circulación de capitales y liberalización de las inversiones: Este punto tiene una especial importancia para EEUU, ya que es el estado más endeudado del planeta. Su deuda la está financiando por los flujos financieros que le llegan del exterior, gracias a la desregula-ción de los mercados financieros y la libre circulación de capitales. Actualmente se está haciendo espe-cial hincapié en la liberalización de las inversiones. El objetivo es que desde el Centro se pueda invertir (y retirar la inversión) sin cortapisas, no importando las consecuencias que ello pueda ocasionar.

Desregulación laboral y ambiental: Se justifica aludiendo a la necesidad de que los estados sean compe-titivos.

Impulso de las economías del Periferia hacia la exportación: Se busca que, con el dinero que obtengan, puedan hacer frente al pago de la Deuda Externa. Además, se impulsa la especialización de la produc-ción en pocos productos. Otro aspecto importante es que no se está potenciando la producción de bie-nes de primera necesidad. Todo esto produce que las economías de la Periferia sean dependientes de cómo se marquen los precios en los países consumidores (los del Centro) y que, además, se esté des-truyendo la agricultura de subsistencia. Además hay una fuerte apuesta por la agricultura industrial y la sobreexplotación de los recursos, con todos los problemas ecológicos que ello acarrea.

Privatización de todo: Con esto se está produciendo una nueva transferencia de riqueza de la ciudadanía hacia las empresas, una mayor dependencia de la Periferia respecto a las multinacionales del Centro, y la gestión, bajo el único objetivo del beneficio, de recursos como el agua o la sanidad.

Reducción de gastos sociales y ambientales: Ya que no hacen crecer la economía.

Fomento del consumismo: Como motor de la economía a pesar de los problemas ambientales que pro-duce.

¿Qué hacer?

Desde Ecologistas en Acción creemos que las alternativas pasan por buscar economías basadas en la producción y consumo locales con criterios ambientales y sociales. Pero no sólo eso, también tenemos que buscar un cambio de paradigma en el que nuestros valores rectores sean la solidaridad, la libertad, la relación armónica con el entorno y la fraternidad.


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